Secretos Cortesanos

Siete datos curiosos sobre Guillermo II, el último emperador de Alemania


Nieto de la reina Victoria, nació con una discapacidad en un brazo que toda su vida procuró disimular y le generó un grave trastorno psicológico que marcaría todas sus acciones venideras.

1. Odiaba todo lo relacionado con Inglaterra

El 27 de enero de 1859 nació quien sería el último emperador de Alemania, Guillermo II. Hijo del káiser Federico III y la princesa británica “Vicky”, nació con una discapacidad en un brazo que toda su vida procuró disimular y le generó un grave trastorno psicológico. Su abuela, la reina Victoria envió a uno de sus médicos a Alemania para ayudar en el parto de su nieto en 1859, pero algo salió muy mal y el niño quedó con un brazo paralizado permanentemente como resultado del daño a los nervios durante su nacimiento. Su infancia transcurrió soportando tratamientos inútiles que iban desde tener una liebre recién sacrificada alrededor de su brazo, hasta un tratamiento de electroterapia y restricciones metálicas para mantener su postura erguida. Su estricta madre no colaboró y, en lugar de ayudarlo, le marcaba constantemente sus errores. Guillermo alimentó de esta forma un sentimiento amargo hacia ella y hacia su país, y ese odio empeoró en 1888 cuando un médico británico intentó sin éxito tratar a su padre, víctima del cáncer de garganta, lo que provocó el estallido: “¡Un médico inglés me paralizó el brazo y un médico inglés está matando a mi padre!” La Primera Guerra Mundial, que le costó el trono en noviembre de 1918, fue sin dudas una batalla personal contra todo lo que más odiaba en el mundo: Inglaterra y su familia real.

2. Se enamoró de una prima

Cuando tenía 19 años, el último emperador de Alemania se enamoró desesperadamente de su prima la princesa Isabel “Ella” de Hesse, por lo que empezó a visitar con frecuencia las residencias del gran duque de Hesse con el objetivo de cortejarla. Sin embargo, hizo de todo excepto agradarle, según contó el historiador Robert Massie: “En carácter de huésped, se mostró siempre egoísta y descortés. Con frecuencia arrojaba su raqueta de tenis en medio de una partida si la misma no le era favorable, o se bajaba del caballo en medio del bosque y exigía que todos le acompañasen a hacer cualquier otra cosa”. Cómo es natural, y pese a las dulces atenciones que Guillermo le destinaba, la princesa Isabel sintió desagrado por él y finalmente se casó con un gran duque ruso. El día que se enteró de la boda de Isabel, Guillermo no quiso volver a verla jamás.

3. Creía ser un buen músico

La infanta Eulalia de España contó que el káiser Guillermo II de Alemania “se dedicaba a vigilar la limpieza de la ciudad, anotando en una libreta en una libreta los lugares que hallaba descuidados para llamar la atención tan pronto regresaba a palacio”. “A veces”, continúa la infanta, él mismo detenía el coche para ordenar al cochero que recogiera un diario abandonado, un papel arrastrado por el viento o un pedazo de tela descolorida que colgara de una ventana”. Una vez, detuvo su coche al escuchar a un músico callejero interpretar pésimamente una pieza de música clásica con un violín: “Es una infamia deshacer una obra maestra”, dijo. “Descendió del carruaje y le pidió al ciego el violín, que apoyó en su hombro fuertemente, pese a su mano izquierda defectuosa, y con arco sabio comenzó a tratar de ejecutar en el modesto instrumento del ciego. Fue imposible escuchar aquella sinfonía, pues los dedos de la mano izquierda carecían del movimiento adecuado y las notas seguían desentonando aún más que antes”. “Yo no pude evitar una sonrisa ante aquel emperador que hacía templar a Europa y no podía someter medianamente a Bach”, dijo doña Eulalia. El humilde ciego fue más duro: “Démelo señor, él y yo nos llevamos mejor”.

4. Se burlaba sin piedad de los otros monarcas

Una de las pocas cosas para las que el emperador tenía talento era para causar indignación. Su especialidad era insultar a otros monarcas. Llamó al diminuto rey Víctor Manuel III de Italia “el enano”, frente al propio séquito del rey. Al zar Nicolás II de Rusia lo definió como un “tonto” y un “llorón” solo apto para “cultivar nabos” y al príncipe (más tarde Zar) Fernando de Bulgaria lo apodó “Fernando naso”, a causa de su nariz aguileña, y difundió rumores de que era hermafrodita. Como Guillermo II era notablemente indiscreto, la gente siempre sabía lo que decía a sus espaldas. Fernando tuvo su venganza. Después de una visita a Alemania, en 1909, durante la cual el Káiser lo abofeteó en público y luego se negó a disculparse, Fernando le otorgó un valioso contrato de armas que había prometido a los alemanes a una compañía francesa.

5. Adoraba los uniformes militares

El fetiche de Guillermo II era el ejército, a pesar de que, en palabras de un alto mando alemán, no podía “dirigir a tres soldados por una cuneta”: el emperador se rodeaba de generales, llegó a ser dueño de entre 120 y 150 uniformes militares y los vestía a todos. Cultivó una especial expresión facial severa para ocasiones públicas y fotografías (hay muchas, ya que Wilhelm enviaría fotos firmadas y bustos de retratos a cualquiera que quisiera una) y también un bigote encerado y muy curioso que era tan famoso que hasta tenía su propio nombre, “Er ist Erreicht!” (¡Se logra!). En 1918, al caer la monarquía, se llevó todos sus uniformes a Holanda.

6. Abandonó la corona, pero no sus tesoros

El 28 de noviembre de 1918 el exiliado emperador emitió desde Holanda una declaración de abdicación, poniendo punto final al reinado de 400 años de la dinastía Hohenzollern en Prusia. La decisión fue tomada el mismo día en que la emperatriz Augusta Victoria, muy desmejorada de salud, llegó a Holanda desde Berlín. Aceptando por fin que había perdido el poder para siempre, Guillermo II renunció a sus “derechos al trono de Prusia y al trono imperial alemán” y liberó a oficiales y soldados alemanes de su juramento de lealtad hacia su persona. Instalado definitivamente en el castillo de Doorn, la República de Weimar le prohibió regresar a su país, pero permitió retirar sus pertenencias. De esta forma, entre septiembre de 1919 y febrero de 1922, cinco trenes con 59 vagones con las posesiones del emperador -incluidos muebles, obras de arte, documentos personales, fotografías, uniformes, un automóvil y un bote- fueron llevadas a Holanda desde Alemania, con lo que el antiguo soberano fue capaz de mantener un cierto nivel de grandeza. La corona que recibió en 1888, al morir su padre, y ahora se conserva en el Castillo de Hohenzollern, fue uno de los tesoros que la República le permitió conservar. 

7. Hitler quiso utilizar su funeral como propaganda política

Guillermo II de Alemania murió lejos de lo que fue su imperio el 4 de junio de 1941. So contra la monarquía y prohibió todos los símbolos de la dinastía Hohenzollern, pero ahora reclamó el cadáver del káiser y planificó un gran funeral de Estado en Berlín: “Quiere aprovechar esta oportunidad para desfilar detrás del ataúd del káiser ante el pueblo alemán y el mundo entero para demostrar que él es el legítimo sucesor”, se quejó el príncipe Luis Fernando de Prusia. Guillermo, previendo el uso político que el nazismo haría de su muerte, manifestó en su testamento que ninguna bandera nazi o cruz esvástica se viera en su funeral y “no fue nada fácil para el kronprinz negociar con la cancillería para que respetara los deseos de su padre”, según la princesa Victoria Luisa. “Uno habría pensado que nadie quiere molestar a los muertos, pero Hitler sí quiso”. Finalmente, como no pudo salirse con la suya, el líder nazi ordenó minimizar al máximo las noticias sobre el funeral del último emperador Joseph Goebbels recordó en un editorial a Guillermo II como “una partícula flotante, distinguida, claro, pero nada más, en la historia alemana”.