A 120 años de su muerte: la verdadera historia de la reina Victoria y su caballerizo escocés


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Tras veinte días de agonía, la muerte del príncipe Alberto de Inglaterra (1819-1861) cayó como un rayo sobre la monarquía inglesa y muy especialmente sobre su viuda, la reina Victoria, que tenía apenas 42 años y era madre de nueve príncipes. “Lloré y recé hasta perder el sentido. ¡Oh, ¡Dios mío, por qué no me volvería loca allí mismo!”, anotó en su diario con mano temblorosa. En una carta al rey de Bélgica se muestra totalmente abatida e indignada por lo sucedido: “La felicidad ya no existe para mí. La vida se ha terminado”. Ni siquiera su numerosa y creciente familia le sirvió de consuelo. 

Una viuda inconsolable

La joven Victoria se convirtió una viuda inconsolable, malhumorada y culpaba constantemente a su hijo mayor, Eduardo, príncipe de Gales, por la muerte de su padre. Estaba convencida de que los disgustos que el joven heredero le había dado a su padre en las últimas semanas habían agravado su delicada salud. Desde el primer momento las hijas de la reina temieron por la reacción de su madre y no la dejaron nunca sola: la princesa Alicia dormía a su lado y una enfermera le administra medicamentos para que pudiera conciliar el sueño. Pero ni la presencia de su pequeña Beatriz, de cuatro años, ni el cariño de los suyos podrán aliviar la tristeza de la reina: “No hallo ninguna compensación en la compañía de mis hijos. Pocas veces me encuentro a gusto con ellos. Me pregunto por qué ha tenido que dejarme Alberto y ellos continúan a mi lado…” 

“Con espantosa brusquedad, el sereno resplandor de la felicidad de Victoria había dado paso a la absoluta oscuridad del dolor. En los primeros momentos, cuantos la rodeaban temieron que sufriera un ataque de locura, pero su férrea voluntad la mantuvo firme, y en los intervalos de lucidez que le permitían los intensos paroxismos causados por su dolor se veía que la reina estaba serena. Recordaba que Alberto siempre había desaprobado las manifestaciones exageradas de los sentimientos, y lo único que deseaba ahora era hacer lo que a él le hubiera gustado. No obstante, había momentos en los que su angustia se desbordaba. Un día mandó llamar a la duquesa de Sutherland, la condujo a la habitación del príncipe y, una vez allí, se postró ante la ropa de su marido, hecha un mar de lágrimas, mientras imploraba a la duquesa que le dijera si había alguna persona en el mundo que superara la belleza de carácter de Alberto. En otras ocasiones, un sentimiento casi de indignación se apoderaba de ella. «La pobre criatura de ocho meses huérfana de padre —le decía al rey de Bélgica en una carta— ¡es ahora una acongojada y destrozada viuda de cuarenta y dos años! ¡Mi vida, esa vida feliz, ha terminado! ¡El mundo ha dejado de existir para mí…! ¡Ay, quedarme sola en la flor de mi existencia, ver nuestra pura, feliz y tranquila vida doméstica, que era lo único que me hacía soportar esta posición que tanto detesto…!’” [Lytton Strachey, La Reina Victoria]

Comenzó un período de luto que pareció eterno, y que acompañó a Victoria hasta el final de su vida. Las cortinas de los palacios y castillos reales se cerraron. Se suspendieron las fiestas cortesanas, los bailes, las grandes ceremonias y los banquetes de Estado. Los retratos de Alberto cubiertos por un velo negro llenaron las salas de Buckingham, Windsor, Balmoral y Osborne House. La habitación del príncipe consorte en el Castillo de Windsor fue cerrada por orden de la viuda, quien impuso la prohibición de ingresar a ella. Ninguna de sus pertenencias sería quitada de la vista, guardada o movida de su lugar. Por el contrario, todo debía quedar como si, por algún milagro, el príncipe pudiera volver a la vida. Victoria ordenó que cada noche se pusiese la ropa limpia de su marido encima de la cama y el agua en la palangana, como se hacía en vida del príncipe, un increíble rito que se llevó a cabo con escrupulosa puntualidad durante casi treinta años. En las paredes del castillo no se podía colgar ningún cuadro nuevo porque los ya existentes habían sido colocados por Alberto, y sus decisiones eran eternas. 

“No era una histérica que necesitara una bofetada”

Las obligatorias cenas con la reina constituían un verdadero tormento para sus hijos y nietos, quienes debían guardar silencio absoluto cuando Su Majestad se presentaba absolutamente vestida de negro. La reina casi no pronunciaba palabra a menos que fuera para recordar a Alberto o regañar a sus hijos. Comía desesperadamente y se marchaba en silencio, dejando a los demás comensales pasmados y con hambre. La familia real no podía reír, ni jugar, ni bailar, ni vacacionar.

Lady Longford, biógrafa de la reina, describía así su estado emocional en aquellos días: “No era una histérica que necesitara una fuerte bofetada sino una persona desgarrada por una herida espantosa”.

Siempre enfundada en un riguroso luto, no se presentaba en público y ni siquiera dio inicio a las sesiones del Parlamento entre los años 1862 y 1865. Sólo la boda de su hija Alicia, en 1862, hizo salir a Victoria de su ostracismo. El ajuar de la novia era negro, los hombres que asistieron al enlace vestían de luto y las damas en color malva. El profundo luto, no obstante, no impidió a la reina mantener un control cada vez más estricto de sus hijos y nietos, victimizándose dramáticamente cada vez que una de las princesas (quienes, según la reina, debían permanecer solteras y a su servicio) se enamoraba y se casaba. A su hija menor, la princesa Beatriz, la obligó a permanecer a su lado como su secretaria personal y cuando la joven quiso casarse con un alemán, Victoria impuso las condiciones: el matrimonio debía vivir con ella. 

Lord Stanley diría que en todo Londres se comentaba la “enorme insistencia” que la reina Victoria mostraba por “controlar todos los detalles de la vida del príncipe y la princesa de Gales, es decir su hijo Eduardo y su nuera, la princesa Alejandra de Dinamarca. “No pueden ni almorzar sin que ella les dé permiso antes… Además, exige un informe diario y detallado de todo lo que pasa en Marlborough House, que debe ser enviado a Windsor”, decía Stanley. Aunque Victoria era invisible, porque insistía en guardar luto por su amado, su necesidad de controlar a sus hijos era casi enfermiza, por lo que creó una red de cortesanos espías e informantes que la mantenían al tanto de todo lo que sus hijos y sus cónyuges hacían, incluyendo el ciclo menstrual de la princesa de Gales. Los bailes de la corte debían ser programados de acuerdo con el período de la nuera real. Hacia afuera, los súbditos del Imperio donde el Sol nunca se ponía casi olvidaron el rostro de Su Majestad, quien permaneció enclaustrada durante casi una década. La reclusión absoluta de la viuda en el Castillo de Windsor o en Osborne House (Isla de Wright) llevó a un súbditos inglés a colocar, en broma, un cartel en las puertas exteriores del Palacio de Buckingham: “Estas amplias instalaciones se venden o se alquilan. El último ocupante se ha jubilado”.

El mejor amigo de la reina

El alejamiento de la pompa monárquica hizo que la popularidad de Victoria cayera a su nivel más bajo, pero los éxitos políticos de un ministro como Benjamin Disraeli le devolvieron el amor del pueblo y también el gusto por la vida. Este rejuvenecimiento se atribuye también a la presencia de John Brown (1826-1883), un sirviente escocés a quien Victoria llegó a amar en secreto. Durante mucho tiempo, la figura de Brown permaneció en la sombra. La monarquía británica cubrió con un manto de hierro todo lo relacionado con la vida íntima de la reina Victoria desde el fallecimiento del príncipe consorte, porque el hecho de que la reina mantuviera un affaire con un sirviente habría sido un absoluto escándalo para la Corona. 

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