Queridas e impopulares: las vidas de las reinas de Suecia de los últimos 200 años

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La reina sin corona que trabajó como empleada de las tiendas «Macy’s»

Este 1 de agosto se conmemora el primer año desde la muerte de la reina Ana de Rumania. Fallecida a los 92 años, Ana fue la «reina sin corona» de un país cuyo idioma no hablaba y cuyo suelo no pisó hasta que tuvo casi 70 años.

Emparentada con la mayoría de las familias reales de Europa, y esposa del derrocado rey Miguel, siempre se manifestó feliz de vivir como un ama de casa. Su gran sencillez y adaptabilidad fueron atributos de valor incalculable en su matrimonio con un hombre serio que fue despojado de la corona de su país y obligado a abdicar y exiliarse hace casi 70 años. Continúa leyendo «La reina sin corona que trabajó como empleada de las tiendas «Macy’s»»

⚡Fiesta sexual, duelos y chantaje: la vida en la corte del último emperador alemán

Irritantemente nerviosa además de caprichosa, la princesa Carlota de Prusia (1860–1919) fue una de las más grandes decepciones de sus padres, los emperadores Federico III y Victoria de Alemania. La niña despreció todo tipo de educación y prefirió dedicarse a las conspiraciones, las drogas y el sexo, terminando convertida en uno de los personajes más turbios de la corte de su hermano, el káiser Guillermo II.

Apodada «Charly», se sospecha que la princesa fue victima de la porfiria, una enfermedad parecida a la demencia que había padecido su antepasado, el rey Jorge III de Inglaterra. De hecho, murió en 1919 después de recibir un largo y penoso tratamiento psiquiátrico.
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Una boda real fallida que casi provoca una guerra en Europa

Doña María de Austria (1606-1646) fue una de las muchas infantas de España que a lo largo de la historia fueron utilizadas como “moneda de cambio”. Una de esas princesas que, por razón de Estado, fueron obligadas a marchar al extranjero para ser esposas de otros monarcas, en matrimonios que, de una u otra forma, favorecerían las relaciones diplomáticas de su país.

Su hermana mayor, la infanta Ana, fue enviada a Francia en 1615 para convertirse en la esposa del rey Luis XIII, un hombre que no la quería y no estaba en lo más mínimo interesado en el sexo femenino, y en la ardorosa amante del Cardenal Mazarino.

A la infanta María le tocó marchar a Austria, en 1631, para contraer matrimonio con su primo hermano Fernando III (1608-1657), futuro Emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, de la Casa de Habsburgo. Así, la infanta, una Habsburgo, hija de dos Habsburgos, nieta y bisnieta de Habsburgos se casaba con otro Habsburgo. Continúa leyendo «Una boda real fallida que casi provoca una guerra en Europa»

Ladridos en el palacio real: La historia del rey que se creía perro

La dinastía Wittlesbach, que reinó en Baviera hasta la Primera Guerra Mundial, es una de las más antiguas de Europa. Para mantener intachable su católico linaje, los Wittlesbach recurrieron a los matrimonios entre parientes demasiado cercanos, lo que jugó en contra. Cuando llegó el siglo XIX, la sangre de la familia real bávara estaba muy viciada y aquello empezaba a notarse en alguno de sus miembros. El rey Luis I, quien embelleció Múnich hasta convertirla en la “Atenas del Norte”, se mostró especialmente caprichoso cuando conoció a Lola Montes, una bailarina española por la que perdió la cabeza y el trono. El rey Maximiliano José I tuvo dos hermanas afectadas por dolencias mentales.

La princesa María siempre vestía de blanco, de modo que pudiera ver cualquier mancha o partícula de polvo sobre sus ropas. Así, llegaba a cambiarse de vestido hasta cuatro o cinco veces por día. Su hermana, la princesa Alejandra, era una bellísima mujer de ojos azules que destacó por su erudición, sus obras literarias y sus tradiciones, pero a pesar de sus logros sufrió durante toda su corta vida numerosos ataques de locura. Se cuenta que, un día, a la edad de veintitrés años, sus padres la vieron caminar de forma extraña por los pasillos del palacio y, cuando le preguntaron qué le ocurría, la princesa contestó que, siendo una niña, se había tragado un piano de vidrio. Desde entonces, Amalia vivía con el temor a que el cristal se quebrara, por lo que atravesaba de lado las puertas para que pudiera pasar el piano, caminando con miedo a que se rompiera en mil pedazos. Continúa leyendo «Ladridos en el palacio real: La historia del rey que se creía perro»