En el siglo XVII, el protocolo de la corte de la Casa de Austria en España era muy estricto y de ello deja constancia una crónica de Antonio Rodríguez Villa, archivero real (1843-1912) sobre el caótico momento en que al rey se le antojaba beber algo:

“El ujier de sala iba a llamar al ‘gentilhombre de boca’ que le correspondía servir de copero, y acompañados de la guardia, entraban en la cava, donde el sumiller de ella le daba en una mano la copa de Su Majestad (…) después daba al ujier las fuentes, y él llevaba un jarro y una taza grande de salva [la prueba que se hacía de las comidas servidas a los reyes], donde se colocaba la copa cuando Su Majestad la pedía. Un ayudante del oficio de la cava llevaba los frascos de vino y agua…

Enrique IV, rey de Castilla (1425-1474), recibió popularmente el sobrenombre de “el Impotente” en 1453, luego de que su matrimonio con la infanta Blanca de Navarra fuera anulado por el papa Nicolás V alegando “impotencia perpetua” debida a un tipo de “hechizo”. El propio rey aseguraba que no había podido consumar su matrimonio debido a “influencias malignas”.

Algunos achacaron la imposibilidad de mantener relaciones sexuales a la presión de la Corte: nobles, favoritos, obispos, médicos, criadas y hasta bufones debían presenciar el acto alrededor del lecho matrimonial del rey para atestiguar la legitimidad del futuro bebé real. Otros, como la historiadora Ángela Vallvey Arévalo, aseguran que el hermano de Isabel la Católica era un adolescente homosexual cuando fue obligado a casarse con la princesa Blanca de Navarra, mujer madura: