La última producción de Hollywood sobre el Vaticano, “The Young Pope”, refleja la vida de un hombre hambriento de poder ocupando uno de los puestos más importantes e intrigantes del mundo. El actor Jude Law, de 44 años, interpreta a un cardenal totalmente ficticio, totalmente escandaloso, que es elegido como el Papa “Pío XIII” en la nueva serie de Paolo Sorrentino emitida por HBO y por FOX . La serie se centra mucho en la atención a la juventud de este Papa, pero como suele suceder, la historia real supera a la ficción.

El príncipe Luis de España (1707–1724), hijo y heredero del rey Felipe V, se casó a los quince años y no sabía qué hacer en su noche de bodas. Cuando le pidió consejos a su padre, el monarca se limitó a decirle que le pregunte a su esposa, la princesa francesa Luisa Isabel de Orleáns.

Más tarde, en una carta dirigida al rey, el príncipe detallaba: “Ayer por la noche dije a la princesa lo que V M. me dijo, y ella me respondió que tampoco sabía lo que había que hacer puesto que no le habían informado (…) Me puse por tanto sobre ella, pero no salió nada; quiero que usted me responda primero y que usted me diga si hay que estar mucho tiempo sobre la princesa y cómo tenemos que hacer los dos”.

La dinastía Wittlesbach, que reinó en Baviera hasta la Primera Guerra Mundial, es una de las más antiguas de Europa. Para mantener intachable su católico linaje, los Wittlesbach recurrieron a los matrimonios entre parientes demasiado cercanos, lo que jugó en contra. Cuando llegó el siglo XIX, la sangre de la familia real bávara estaba muy viciada y aquello empezaba a notarse en alguno de sus miembros. El rey Luis I, quien embelleció Múnich hasta convertirla en la “Atenas del Norte”, se mostró especialmente caprichoso cuando conoció a Lola Montes, una bailarina española por la que perdió la cabeza y el trono. El rey Maximiliano José I tuvo dos hermanas afectadas por dolencias mentales.

La princesa María siempre vestía de blanco, de modo que pudiera ver cualquier mancha o partícula de polvo sobre sus ropas. Así, llegaba a cambiarse de vestido hasta cuatro o cinco veces por día. Su hermana, la princesa Alejandra, era una bellísima mujer de ojos azules que destacó por su erudición, sus obras literarias y sus tradiciones, pero a pesar de sus logros sufrió durante toda su corta vida numerosos ataques de locura. Se cuenta que, un día, a la edad de veintitrés años, sus padres la vieron caminar de forma extraña por los pasillos del palacio y, cuando le preguntaron qué le ocurría, la princesa contestó que, siendo una niña, se había tragado un piano de vidrio. Desde entonces, Amalia vivía con el temor a que el cristal se quebrara, por lo que atravesaba de lado las puertas para que pudiera pasar el piano, caminando con miedo a que se rompiera en mil pedazos.

En 1656, la reina Cristina de Suecia (1626–1689) viajó desde Roma hacia París. Se cuenta que, paseando a orillas del río Saona, la reina y un reducido séquito se encontraron con la bella Marquesa de Ganges, quien se bañaba casi desnuda.

Sorprendida, Cristina no pudo reprimirse y salió tras la joven: “la besó en todas partes, en el cuello, en los ojos, la frente, muy amorosamente, y quiso incluso besarle la boca y acostarse con ella, a lo que la dama se opuso”. [1]

El rey Carlos II de España contrajo matrimonio en 1679 con la princesa María Luisa de Orléans (1662–1689), sobrina de Luis XIV de Francia. La joven reina tuvo en España una existencia breve y repleta de enfermedades. En la sombría corte española, donde solo se rezaba, un pequeño grupo de damas traídas de Francia y unos loros que parloteaban a toda hora en francés constituían su única compañía.

María Luisa no solo fue presa de la locura de su marido, sino también del odio que reinaba entonces en España hacia todo lo que fuera francés. Incluso era víctima de la burla porque se dirigía a sus sirvientes franceses en francés y porque no era demasiado apasionada en el rezo y la confesión. A diferencia del animado y colorido Versailles, el viejo Alcázar de Madrid era un lugar oscuro, frío y sin ninguna alegría.

Veinte años después de vencer al rey Harold en la batalla de Hastings y convertirse en el primer rey de Inglaterra, en 1066, Guillermo el Conquistador ya no era el mismo. Era un personaje obeso, desagradable, aquejado por las enfermedades. Una caricatura de sí mismo.

Murió en 1087 mientras combatía en Francia por las heridas causadas al caer de su caballo y su cadáver fue sometido a una serie de indignidades impensables mientras estuvo vivo. Aquel accidente le produjo la perforación del intestino con la consiguiente filtración del contenido intestinal hacia la cavidad abdominal, ocasionando una peritonitis.