En tiempos de guerra o de paz, en el siglo XVIII la corte de Austria era una sucesión de festivales, comedias, ballets, conciertos y bailes de disfraces. El colorido carnaval era una de las fiestas preferidas de la emperatriz María Teresa (1717–1780), según describió el conde de Khevenhüller en 1743: Nunca está tan contenta la emperatriz como durante los días en que se mezcla con la muchedumbre, disfrazada de incógnito. Pero también había lugar para las celebraciones religiosas, como era de esperarse de un Estado que se consideraba baluarte del catolicismo, que eran larguísimas y extenuantes.

El duque de Richelieu, embajador en Viena escribió al cardenal Polignac manifestándole el cansancio que le provocaba ir a tantas misas: “Los embajadores están obligados a seguir a la corte como ayudas de cámara… No hay capuchino, por fuerte que sea, que pueda resistir una vida semejante durante la cuaresma… He permanecido, en total, desde el Domingo de Ramos hasta el miércoles después de la Pascua, 100 horas en la iglesia siguiendo al emperador… ¡estoy agotado!

El pánico cundió en la corte francesa cuando el rey Luis XIV anunció que se mudaría -y junto a él toda su corte- a una zona pantanosa en las afueras de París. El conde de St. Simon le aseguraba que “Versalles es un lugar ingrato, triste, sin vida, sin agua, sin tierra… Parece que todo son arenas movedizas y pantanosas, sin aire. En consecuencia: no es bueno”. Pero Su Divina Majestad Luis XIV, “el Rey Sol que todo lo alumbra y todo lo puede”, no hizo caso. Deseaba dar nuevos aires a su existencia y deslumbrar al mundo con un nuevo palacio.

Además, contaba con buenos aliados, como el arquitecto Louis Le Vau, o decoradores como Charles Errar y Noel Coypel, que iban a encargarse del edificio, mientras su amigo André Le Notre proyectaría los fabulosos jardines palaciegos. Sobre la base del pabellón levantado por Luis XIII, Le Vau triplicó su superficie, revistiendo de majestad al edificio primitivo, con amplias terrazas, columnas de mármol y bronce, balcones de hierro forjado y dorado e infinitas balaustradas. El patio se cubrió de losas de mármol y una serie de pabellones adyacentes permitieron unir al antiguo palacio diversos palacetes para la nobleza, los cortesanos, el servicio y los asistentes.

Fue la enorme y opulenta emperatriz Ana Ivanovna (1693–1740), dueña de un muy particular sentido de la diversión, quien volvió a abrir las puertas de su palacio a los enanos. La fea y bruta emperatriz era una experta en diversión. Odiaba la lectura, el ballet o la música, pero amaba las luchas y juegos violentos. Todas las mañanas, al despertarse, contemplaba en sus aposentos un espectáculo compuesto por enanos, bufones, mimos, retrasados mentales y paralíticos que divertían a lo grande a la soberana. Debían disfrazarse, bailar, cantar, hacerse zancadillas y golpearse unos años. Cuando alguno caía al suelo a causa del agotamiento, Ana ordenaba que fueran apaleados brutalmente para que recuperaran el aliento. Todo aquello provocaba en la emperatriz estrepitosas carcajadas.

En 1533, el papa Clemente VII pactó con el rey de Fran­cia el matrimonio de su hermosa sobrina, Catalina de Médici (1519–1589), con el príncipe heredero francés, Enri­que de Valois. Catalina era la hija del príncipe italiano Lo­renzo II de Médici, se­ñor de Florencia, y la francesa Made­leine de la Tour d’Auvergne, condesa de Boulogne, pertene­ciente a una de las familias más grandes de la nobleza fran­cesa, y como había quedado viuda pasó al cuidado de su tío Clemente VII.

Aunque algunos cortesanos se opusieron, por considerar que el matrimonio de un príncipe fran­cés con la hija de una fa­milia de mercaderes era desigual y humi­llante para el honor de la dinastía, el rey aceptó y el Papa dio su bendición. ¡Es­taba encantado de emparentar con la dinastía fran­cesa!

Cobarde, vago, maleducado, desagradable… con tamañas virtudes a muchos sorprende que Fernando VII, rey de España, llegara a tener cuatro esposas: las tres primeras (María Antonia, Isabel y María Josefa) murieron jóvenes y con la desdicha de no haber dado herederos al trono; la cuarta de las esposas, María Cristina, quedó viuda.

Según el marqués de Villa-Urrutia, Fernando era en esos momentos “hombre de muchos y desordenados apetitos, harto dañosos para la enfermedad que padecía; pero no le gustaba de solazarse con las damas de su corte, como su ilustre antepasado el gran rey francés, antes de que lo sometiera a su severa disciplina Madame de Maintenon. Aunque muy aficionado a las mujeres, no las tenía en más estima que a los hombres, ni le inspiraban mayor confianza, sintiendo una instintiva repugnancia a dejarse gobernar por privados o queridas. Solía salir disfrazado por las noches en compañía del duque de Alagón, tanto para enterarse, a guisa de sultán oriental, de lo que se decía y hacía en la coronada villa, capital de sus reinos, como para entregarse fuera de palacio a ciertos deportes que los musulmanes practican dentro del harén…”

Tras veinte días de agonía, la muerte del príncipe Alberto de Inglaterra (1819–1861) cayó como un rayo sobre la monarquía inglesa y muy especialmente sobre su viuda, la reina Victoria, que tenía apenas 42 años y era madre de nueve príncipes. Alberto era un hombre joven y dejaba una esposa desconsolada a cargo de nueve hijos, lo que hubiera supuesto una gran desgracia si ella hubiera sido un ama de casa o una lavandera.

Pero era una reina y nada menos que del imperio donde el sol jamás se ocultaba. “Lloré y recé hasta perder el sentido. ¡Oh, ¡Dios mío, por qué no me volvería loca allí mismo!”, anotó ella en su diario con mano temblorosa. En una carta al rey de Bélgica se muestra totalmente abatida e indignada por lo sucedido: “La felicidad ya no existe para mí. La vida se ha terminado”. Ni siquiera su numerosa y creciente familia le sirvió de consuelo.