Aunque pueda parecer curioso, la boda de un príncipe español y católico con una princesa de fe ortodoxa y sangre nórdica no tuvo nada de exótico ni insólito. Estamos hablando de don Juan Carlos de Borbón y Sofía de Grecia, quienes el 14 de mayo de 1962, hace exactamente 55 años, contrajeron matrimonio en una esplendorosa boda en Atenas.

¿Por qué decimos que no fue una boda atípica, como la presentó la prensa mundial? Porque a lo largo de los siglos hubo numerosos enlaces matrimoniales entre dinastías hispánicas y del Mediterráneo oriental. El rey Pedro II de Aragón, apodado “el Católico” (1178-1213) contrajo matrimonio con María de Montpellier, la hija de la princesa Eudoxia de Grecia y nieta del emperador bizantino Manuel I Comnenos. Fue la primera unión histórica entre España y Grecia y ocurrió hace más de 800 años.

Déspota, cruel, extravagante, degenerado, maledu­cado y hermoso… Cómodo (161–192), emperador de Roma, fue un apa­sionado por la lucha de gladiadores y compitió en la arena más de 700 veces. Era el hijo de Marco Aurelio, un auténtico pensador filosófico, político firme y un gran militar. Tras la muerte de su padre, en 180 d.C., el joven Cómodo inició su reinado con el visto bueno de todo el mundo, sobre todo desde que actuó contra los abusos de los recaudadores de impuestos y apoyó a las minorías, como la de los cristianos.

Pero tras el incendio en el Foro de Vespaciano, el comportamiento de Cómodo pareció llegar al extremo del absurdo. Una de sus primeras medidas fue reconstruir Roma y bautizarla con su nombre: “La Inmortal y Próspera Colonia Lucia Ania Comodiana”. También hizo que las legiones pretorianas pasaran a llamarse “Comodianas Hercúleas”, que el Senado pasara a denominarse “Senado Comodiano” y cambió el nombre del mes de julio por el de Cómodo. Para rematar, hizo celebrar como una fiesta nacional el día en que hizo tales anuncios como el “Día de Cómodo”.

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Esta foto fue tomada en mayo de 1910, hace 107 años, con motivo de los funerales del rey Eduardo VII de Gran Bretaña, fallecido el 6 de mayo de ese año. La foto reúne a 9 monarcas en lo que sería la última gran “cumbre” de testas coronadas antes del estallido de la Primera Guerra Mundial.

Todos estos monarcas habían viajado a Londres para expresar sus condolencias al nuevo rey inglés, Jorge V (sentado en el centro de la imagen). El nuevo rey aparece sentado entre el rey Alfonso XIII de España y el rey Federico VIII de Dinamarca. Detrás, de pie, aparecen los reyes Haakon VII de Noruega (cuñado de Jorge V), Fernando de Bulgaria, Manuel II de Portugal, el emperador Guillermo II de Alemania, Jorge I de Grecia (tío de Jorge V) y Alberto I de Bélgica.

En tiempos de guerra o de paz, en el siglo XVIII la corte de Austria era una sucesión de festivales, comedias, ballets, conciertos y bailes de disfraces. El colorido carnaval era una de las fiestas preferidas de la emperatriz María Teresa (1717–1780), según describió el conde de Khevenhüller en 1743: Nunca está tan contenta la emperatriz como durante los días en que se mezcla con la muchedumbre, disfrazada de incógnito. Pero también había lugar para las celebraciones religiosas, como era de esperarse de un Estado que se consideraba baluarte del catolicismo, que eran larguísimas y extenuantes.

El duque de Richelieu, embajador en Viena escribió al cardenal Polignac manifestándole el cansancio que le provocaba ir a tantas misas: “Los embajadores están obligados a seguir a la corte como ayudas de cámara… No hay capuchino, por fuerte que sea, que pueda resistir una vida semejante durante la cuaresma… He permanecido, en total, desde el Domingo de Ramos hasta el miércoles después de la Pascua, 100 horas en la iglesia siguiendo al emperador… ¡estoy agotado!

El pánico cundió en la corte francesa cuando el rey Luis XIV anunció que se mudaría -y junto a él toda su corte- a una zona pantanosa en las afueras de París. El conde de St. Simon le aseguraba que “Versalles es un lugar ingrato, triste, sin vida, sin agua, sin tierra… Parece que todo son arenas movedizas y pantanosas, sin aire. En consecuencia: no es bueno”. Pero Su Divina Majestad Luis XIV, “el Rey Sol que todo lo alumbra y todo lo puede”, no hizo caso. Deseaba dar nuevos aires a su existencia y deslumbrar al mundo con un nuevo palacio.

Además, contaba con buenos aliados, como el arquitecto Louis Le Vau, o decoradores como Charles Errar y Noel Coypel, que iban a encargarse del edificio, mientras su amigo André Le Notre proyectaría los fabulosos jardines palaciegos. Sobre la base del pabellón levantado por Luis XIII, Le Vau triplicó su superficie, revistiendo de majestad al edificio primitivo, con amplias terrazas, columnas de mármol y bronce, balcones de hierro forjado y dorado e infinitas balaustradas. El patio se cubrió de losas de mármol y una serie de pabellones adyacentes permitieron unir al antiguo palacio diversos palacetes para la nobleza, los cortesanos, el servicio y los asistentes.