Historias

La historia pocas veces contada del infante Luis Fernando, oveja negra de la realeza española

Su madre, la infanta Eulalia le prohibió que siguiera la carrera de actor, lo que engendró en el joven un odio terrible.

Este infante, nieto de la reina Isabel II y primo del rey Alfonso XIII, heredó el aire bohemio y rebelde su madre, y la pasión desenfrenada por las mujeres de poca clase que tenía su padre. Un periódico, en los años 30, lo describía categóricamente: “Luis Fernando es famoso internacionalmente por ser un aprovechado y un personaje de dudosa reputación. Fue arrestado al menos dos veces, expulsado de dos países y se ha hecho despreciable al casarse con una tonta y vieja mujer, treinta y dos años mayor que él, contra las protestas de su familia. Mucha gente cree que el príncipe Luis Fernando es capaz de llegar a cometer cualquier acto vergonzoso”. En otra crónica se le apodaba “el príncipe pantalones de hierro”: “porque se lo ha expulsado de tantos países y hoteles sin demostrar ningún dolor que pareciera estar blindado”.

A Luis Fernando de Orleáns y Borbón, que nació infante y murió plebeyo, secretamente le gustaba ser apodado en los bajos fondos como el “rey de los maricas”. Consumía cocaína, malgastó fortunas propias y ajenas, y comprometió, con un crimen, la imagen de la Casa de Borbón dentro y fuera de España. Nació en el Palacio Real madrileño en 1888 y tuvo una infanta, fue hijo de Doña Eulalia de Borbón, hermana de Alfonso XII, uno de los mayores dolores de cabeza que tuvo desgraciada, al ser testigo del odio que unía sus padres, de las batallas legales y, por sobre todo, de la falta de cariño.

El niño se crió en España, Francia e Inglaterra. Una legión de institutrices y profesores particulares se encargó de los idiomas, alcanzando desde muy niño un espectacular dominio del inglés, el francés, el alemán y el materno, idiomas que hablaba con gran fluidez cambiando de uno a otro con gran facilidad. La infanta Beatriz, su cuñada, escribió: “Cuando Alfonso fue a vivir a Madrid, ella frecuentaba más la corte, quería mucho a este hijo, pero a veces parecía preferir al otro, que era un bala perdida, homosexual… aunque se casó con una vieja por dinero, para arruinarla, claro. Pero era su hijo y la infanta Eulalia lo quería y lo defendía. Era severa con sus hijos pero no con nosotros”.

Las cosas cambiaron cuando, en 1904 -cuatro años después del divorcio de sus padres- Luis Fernando comprendió lo difícil que era mantener buenas relaciones con su madre. Doña Eulalia le prohibió terminantemente que siguiera la carrera de actor, lo que engendró en el joven un odio terrible. Heredó una finca, la cual quería explotar, pero todo quedó en la nada cuando decidió, abruptamente, instalarse en el París de la belle epoque. Fue invitado de todas las fiestas, las cuales competían por ser la más ostentosa y extravagante. Fue célebre una fiesta en la que apareció con el torso desnudo totalmente pintado de azul, montado sobre un elefante y con un turbante adornado por brillantes, a semejanza de un maharajá indio. Desde entonces, su vida estuvo plagada de excesos, donde la droga, el alcohol y el sexo indiscriminado fueron moneda corriente. Su afición al juego y a la cocaína lo tenía siempre al borde de la ruina y llegó a traficar drogas para poder mantener sus vicios y su rumboso tren de vida.

Melchor de Almagro San Martín, que había sido condiscípulo del infante, testimonia su excentricidad: “En el baile de la condesa de Chabrillan, se presentó Luis teñido con añil de pies a cabeza para representar el dios Azul, seguido por un deslumbrante cortejo de sacerdotisas y hieroferantes, como sacados de un friso antiguo. El infante cabalgaba sobre un elefante, arreado con atalajes de oro y pedrería. Hizo su entrada semidesnudo, cubierta la cabeza con un turbante verde gayo y coronado de garzotas sujetas por broches de enormes diamantes”. Desde entonces, se vio vinculado a todo tipo de escándalos que hicieron correr ríos de tinta en los periódicos del mundo. Su hermano mayor y su primo el rey realmente lo despreciaban, y Luis Fernando se vengaba con ironías punzantes y un comportamiento tremendamente promiscuo, llegando a hacerse célebre la queja de una dama de la alta sociedad: “Yo tenía dos lacayos negros y guapos, pero los perdí a los dos. Al primero se lo llevó la tuberculosis; al segundo, el infante de España”.

En octubre de 1924, Luis Fernando de Orleáns fue expulsado de Francia mediante una orden judicial. Los relatos “oficiales” publicados en los periódicos de París cuentan que el infante paseaba por los pintorescos paisajes o quizás los barrios bajos del viejo París cuando se encontró con un hombre que se ofreció hacerle de guía a sitios más interesantes. Ambos se dirigieron al número 32 de la Rue des Tournelles, a una casa antigua donde se supone que el galante Enrique IV de Francia fue un visitante frecuente. La entrada a la casa era a través de un café frecuentado por hombres de dudosa reputación. “Aquí estaba la habitación real”, dijo el extraño guía turístico mientras abría la puerta. El infante entró y fue recibido por dos hombres vestidos como marineros. El guía cerró la puerta con llave y los marineros sacaron revólveres y apuntándole al infante le exigieron que entregara todo el dinero que llevaba consigo. Luis Fernando saltó hacia la ventana, la abrió y pidió ayuda. Dos policías oyeron sus gritos, fueron a su auxilio. Otras fuentes dicen que, en realidad, Luis Fernando fue expulsado de territorio francés luego de haber dado muerte, por estrangulamiento, a un joven marinero durante una orgía homosexual en la que completaba el trío cierto aristócrata portugués, apellidado Vasconcellos y otro supuesto amante del infante. Ambos habrían paseado por París el cadáver del desdichado, envuelto en una manta, intentando abandonarlo en las embajadas de España y Portugal para huir de la justicia francesa. 

Por aquellos años solía decir que “las desgracias de España están relacionadas directamente con las sensualidades y extravagancias del Rey Alfonso”, pero Luis Fernando había hecho ahora algo que logró indignar al propio rey.

Un periodista comentaba: “La difícil situación del príncipe Luis Fernando es más que un mero divertimento o un escandaloso episodio. Es probable que sea parte del capítulo final de la caída de la más antigua y desacreditada familia real en el mundo, los reales Borbones. Los Habsburgo y los Romanov han sido depuestos, arruinados, diezmados por asesinatos y dispersados. Aquellas antiguas familias estaban más manchadas de sangre que los Borbones pero no se podían comparar con ellos en derroche y autoindulgencia. Los Borbones aún retienen algo de su poder y mucho de su fortuna y se divierten de la misma manera en la que lo hacían siglos atrás”. Dijo el gran Talleyrand sobre los Borbones, después de que retornaran al trono de Francia en 1815: “No aprendieron nada ni olvidaron nada”.

Harto de la “oveja negra” de los Borbones, el 9 de octubre de 1924 Alfonso XIII anuló sus privilegios como infante de España y le retiró el título, a pesar de las protestas de Don Luis Fernando. En respuesta a semejante afrenta, Luis Fernando lanzó una profecía: “He nacido y moriré infante de España, como tú has nacido y morirás rey de España, mucho tiempo después de que tus súbditos te hayan dado la patada en el culo que mereces”.

Incapacitado para vivir ni en España o Francia, Luis Fernando hizo sus maletas y se trasladó a Lisboa, donde no abandonó su vida errante y pronto, en marzo de 1926 fue arrestado cerca de la frontera con España, disfrazado de mujer, siendo acusado de contrabando. En julio de 1930 anunció su compromiso matrimonial con Marie Say, viuda del príncipe Amadeo de Broglie y dueña del hermoso Castillo de Chaumont, donde vivía lujosamente como una princesa del Renacimiento, y de una gran fortuna sólo comparable con la de los Barones de Rothschild.

Marie era hija de Constant Say, del cual había heredado la azucarera del mismo nombre. Durante décadas, la millonaria había sido la anfitriona de decenas de excéntricas fiestas a las que acudían el maharajá de Kapurthala, el shah de Persia, el rey de Inglaterra, los reyes de Suecia, de Rumania y de Portugal. Su último capricho fue casarse con el infante don Luis cuando él tenía 41 años y ella superaba los 70.

A partir de entonces, la fortuna de Marie, ya un poco menguada por las crisis financieras y administradores poco escrupulosos, comenzó a mermar aceleradamente. Poco a poco, terrenos, obras de arte, mobiliario, cuadros y hasta su piano se fueron vendiendo mientras la familia política de Marie Say acusaba a Luis Fernando de dilapidar la fortuna que pertenecía a los Brissac. Finalmente su bien más preciado, el Castillo de Chaumont, debió ser cedido al Estado por 1.800.000 francos, en 1938.

Tres años antes, Luis Fernando había sido nuevamente extraditado de Francia, tras ser arrestado en una redada de la brigada antivicios. Volvió a Francia una vez más y durante la ocupación se dedicó a causas más loables: salvó a muchos miembros de la Resistencia, con la ayuda de su tía, la infanta Paz, que le proveía de información. Hasta llegó a pasearse, a plena luz del día por Berlín, luciendo la estrella amarilla cosida a su ropa como estaban obligados a hacer los judíos, a modo de protesta.

Viudo en 1943, Luis Fernando pasó los últimos años de su vida en compañía de una bailarina que lo cuidó durante su larga enfermedad. Murió el 20 de junio de 1945 y nadie de la familia, ni siquiera su madre, fue al funeral, en una iglesia de París.