Historias

Bodas imperiales en Rusia: cómo vestían las novias de la dinastía Romanov

La última emperatriz rompió una tradición centenaria de la familia real Romanov; sus contemporáneos vieron en ello un trágico presagio.

Desde una temprana edad, las jóvenes de la familia imperial de Rusia tenían un futuro marido seleccionado para ellas entre los grandes duques y príncipes de Rusia y del extranjero, y sus bodas eran un asunto de importancia estatal. Cada elemento de la ceremonia se regulaba hasta el más mínimo detalle, y el aspecto de la novia era una de las características más importantes del día.

Los requisitos eran más estrictos cuando se aplicaban a las novias del “primer nivel” de la familia, es decir, las que en el futuro podían ascender a un trono. No sólo la forma de organizar la ceremonia en sí, donde cualquier tropiezo podía ser visto como un mal presagio, era una dura prueba, sino que también lo era elegir el vestido de novia, literalmente.

La gran duquesa Isabel Mavríkievna, nieta de Nicolás I

La gran duquesa Isabel Mavríkievna, nieta de Nicolás I

Una foto de la boda del príncipe georgiano Konstantino Bagration de Mukhrani y la princesa Tatiana Constantinovna

Una foto de la boda del príncipe georgiano Konstantino Bagration de Mukhrani y la princesa Tatiana Constantinovna.

El “código de vestimenta para bodas” fue establecido por el emperador Nicolás I en 1834, y se aplicaba no sólo a los protagonistas de la ceremonia sino también a los invitados. El diseño de los vestidos de novia era siempre el mismo, pero se permitían algunos ajustes de estilo, bordado y decoración según la moda y el gusto de la novia.

La princesa Isabel con el vestido de novia, 1884.

La princesa Isabel de Hesse en su boda con el gran duque Sergio, 1884.

Los vestidos de novia se hacían de brocado de plata y se adornaban con piedras preciosas y bordados. Dos accesorios obligatorios eran una larga cola y un manto de armiño. Era un tipo de traje que era imposible ponerse sin la ayuda de las damas de honor.

Durante la ceremonia de la iglesia, la novia tenía que llevar una corona de boda y encima una tiara de diamantes. También había pendientes ceremoniales y un collar para acompañarlos a juego.

La diadema de boda de Rusia.

La diadema de boda de Rusia.

El Fondo de Diamantes de Moscú tiene en su colección la única diadema de boda de una Romanov que queda en Rusia en la actualidad. Fue usada por la emperatriz María Feodorovna, la esposa de Pablo I, en su boda, y luego por otras novias de la familia imperial.

La boda del Príncipe Nicolás de Grecia y la Gran Duquesa Elena Vladímirovna

La boda del Príncipe Nicolás de Grecia y la Gran Duquesa Elena Vladímirovna

La diadema tiene la forma de kokoshnik, con un enorme diamante rosa en el centro. En total, contiene 175 grandes diamantes indios y más de 1.200 pequeños diamantes de talla redonda. La fila central está decorada con grandes diamantes colgantes en forma de gotas.

Las joyas de las novias podían ser reliquias familiares o haber sido confeccionadas especialmente para la ocasión. Por ejemplo, para su boda con el Príncipe Nicolás de Grecia, la Gran Duquesa Elena Vladímirovna, nieta del Emperador Alejandro II y prima de Nicolás II, llevaba un tocado de diamantes de Cartier y un ramillete de diamantes en forma de lazo.

La boda de Nicolás II y Alexandra Fiódorovna.

La boda de Nicolás II y Alix de Hesse.

Alexandra Fiódorovna y su vestido de novia

Alejandra Feodorovna y su vestido de novia.

En total, un traje de boda real pesaba entre 25 y 30 kilos. Pasar él todo el día de pie con este puesto no era una tarea fácil, ¡y mucho menos moverse! A veces una novia quedaba tan agotada que había que llevarla en brazos.

Según la tradición, las novias de la familia Romanov donaban sus vestidos de novia a la iglesia por caridad. Sin embargo, Alejandra Feodorovna, la última emperatriz de Rusia, esposa de Nicolás II, decidió conservar el suyo. Por eso su vestido de novia ha sobrevivido hasta hoy (puede verse en el Hermitage). Muchas personas de la corte no aprobaron la decisión de la emperatriz y quedaron convencidas de que su rechazo a una tradición centenaria traería mala suerte a la familia. (RBTH)

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