Efemérides

Hace 522 años nació Diana de Poitiers, la poderosa rival de Catalina de Médicis

La “gran senescala” fue nodriza del futuro rey Enrique II de Francia para convertirse, pasados los años, en su amante e influyente consejera. Nació el 3 de septiembre de 1499.

Coronado en 1547, el rey Enrique II de Francia (1519-1559) fue un adúltero apasionado y llenó de diamantes y castillos a su amante Diana de Poitiers, una bella e influyente mujer que había retozado, durante muchos años, en los brazos del padre de Enrique, el rey Francisco I. Guerrero y gran mecenas del arte, aquel hombre adoraba a las mujeres: “Una corte sin mujeres es como un año sin primavera y una primavera sin rosas”, decía. El rey Francisco quedó encandilado con la joven Diana apenas la conoció y la nombró dama de honor de la reina Leonor. Al mismo tiempo, Diana trabajaba de día para la reina y de noche, para el rey. Cuando Leonor dio a luz al niño que llegaría a ser Enrique II, Diana estuvo presente y acunó al recién nacido entre sus brazos, sin saber que en el futuro también se convertiría en su amante. Diana ocupó un sitio privilegiado en la ceremonia de bodas de su adorado Enrique con Catalina de Médicis. La florentina, mucho más joven que la favorita, no era ni tan bella ni tan seductora como su rival, pero aprendió con gran maestría a tratarla mediante el disimulo. Aunque la vencedora fue, por supuesto, la reina, tras la muerte trágica del rey, Diana siguió ejerciendo su poder en las sombras.

Diana de Poitiers (1499-1566), era una mujer hermosa. Titulada duquesa de Valentinois, Diana era hija del conde de Saint-Vallier, quien fue acusado de traición al condestable de Borbón, juzgado y condenado a muerte. Cuando el hacha estaba a punto de separar la cabeza de su cuerpo, le anunciaron que sería liberado porque, según se cuenta, su joven y bella hija había viajado apresuradamente a Blois para arrojarse a los pies del rey e implorarle piedad. Cuando su madre, Jeanne de Batarnay, falleció, la niña de seis años fue llevada a la corte para servir como dama de la reina Ana, la hija de Luis XI, quien jugaba un papel muy importante como regente durante la minoría de edad de su hermano.

Recibida en la despampanante corte francesa, hasta los catorce años Diana recibió una educación esmerada y una vez que alcanzó la madurez, fue escrupulosamente casada con un miembro de la familia real, Louis de Brézé, gran senescal de la Corte, un poderoso y acaudalado hombre al que solo los príncipes de sangre real superaban en estatus. Este casamiento hizo que Diana adquiriera un papel destacado en la corte del rey Francisco I, para quien la belleza de la joven no pasaba desapercibida. Diana llevó una vida irreprochable como cortesana de alto rango, cuidando siempre de mantener intacta su reputación. Era una mujer de hermosura altiva y avasallante.

“Con Enrique, ella descubrió el placer de un inexperto y ardiente amante adolescente”

Tras enviudar, en 1531, Diana se dedicó por completo a embellecer la corte de Francisco I, quien decidió que todos la trataran como una viuda en duelo perpetuo mientras él mismo le regalaba las joyas más preciadas del tesoro real. Por la elección de los colores de su vestimenta, dejó clara su intención de volver a casarse. Con la protección del mujeriego rey Francisco, la gran senescala escaló posiciones hasta convertirse en la favorita del príncipe Enrique, un niño al que vio nacer y al que acunó en sus brazos. Catalina ya no tenía suegra pero tuvo que enfrentarse a una figura mucho peor, la de la gran senescala, que lo controlaba todo. Diana se comportaba como la más exigente de las suegras, la acompañaba en todo momento y la asistía en cada una de sus necesidades, la peinaba, vestía, dirigía a sus damas y adulaba constantemente.

Hasta el momento en que se convirtió en amante de Enrique, Diana solo había conocido las caricias de un hombre cuarenta años mayor que ella. Aunque De Brézé tenía la edad suficiente como para ser su abuelo, ella había mantenido un matrimonio normal, dando a luz a dos hijos. Sin embargo, sus relaciones con su marido habían tenido como centro los intereses intelectuales compartidos y los lazos familiares tan valorados en esa época. Con Enrique, ella descubrió el placer de un inexperto y ardiente amante adolescente. Como amante, su papel era el contrario del que antes había tenido. Ella sería la maestra y transferiría al tímido joven lo que había aprendido durante años (…) La sensualidad, la inteligencia y la sabiduría de Diana fueron parte de la magia que encantó al joven príncipe tanto como la belleza física, la fuerza y la salud de su dama”. Paralelamente, Enrique de Francia despreciaba a su esposa, Catalina de Médici. La astuta Diana intentaba mantener buenas relaciones con la reina e incluso persuadía al rey de pasar las noches con su esposa para que ambos pudieran tener hijos” [Michael de Kent, Historias de amor en alcobas reales]

Catalina recurrió a los sortilegios amorosos para atraer a su marido; pero estos no resultados ser más fuertes que los de su contrincante, Diana de Poitiers. Desesperada, pero astuta, Catalina recurrió a la amistad de su rival, quien, sintiéndose orgullosa de poder influir incluso en la vida marital de su amante, le ordenó a Enrique que llevase a cabo sus funciones conyugales en aras de conseguir un heredero. En busca del poder, Catalina era capaz de fingir y humillarse hasta el extremo (…)” [Susana Castellanos de Zubiría, Mujeres perversas de la historia]

Subyugado por la belleza de esta magnífica dama, el joven Enrique se enamoró por completo de ella y la amó hasta su último y trágico día. Al comienzo de su matrimonio con Enrique, Catalina de Médici se mantuvo discretamente en un segundo plano porque Diana, a quien llamaban “más que reina”, dominaba todos los aspectos de la vida del rey. Pero a medida que aumentaba la pasión de Enrique por Diana, aumentaban los celos y el resentimiento de Catalina. Se dice que en una ocasión Catalina pidió a un carpintero practicar dos pequeños orificios en el piso de su habitación desde donde podría observar el cuarto de Enrique:

Desde allí (…) se tiraba al piso de su habitación y observaba cómo su esposo hacía el amor con Diana en la habitación de abajo. Un cuchillo debió clavarse en el corazón de la pequeña y regordeta Catalina al ver el cuerpo esbelto de su rival, que el ejercicio aún conservaba joven (…) ella observó a los amantes en la amplia cama, los cuerpos iluminados por la luz de fuego, hasta que en medio de la pasión rodaron desnudos al piso para seguir acariciándose sobre una alfombra de terciopelo. Cuando Catalina vio por sí misma la pasión y la ternura que había entre ellos, dijo llorando a su dama que su esposo ‘nunca lo había hecho así con ella’”. [Michael de Kent, Historias de amor en alcobas reales]

Horas enteras Catalina fisgoneaba y escuchaba mientras sentía deshacerse a los amantes que una intensidad que ella jamás reconocería, pero cuya carencia trataría de compensar con una desmedida ambición de poder que le aturdiría los sentidos” [Susana Castellanos de Zubiría, Mujeres perversas de la historia]

Catalina soportó en silencio la vergüenza de ser la “cornuda” más famosa del reino

El 19 de enero de 1544, Catalina de Médicis dio a luz a un niño, Francisco, el primer hijo de la pareja después de muchos años de espera. “Fue ella [Diana] quien escogió sus nodrizas y sus ropas, entrenó al personal y supervisó la dieta del niño. Lo mismo sucedería con todos los hijos de Catalina. Más tarde, sería Diana quien escogería sus tutores y supervisaría su educación, tratando a los hijos de Enrique como si fuesen propios. Siempre fue solícita y amable con Catalina, insistiendo en que la joven madre debía descansar y ahorrar esfuerzos, pero Catalina sabía que ella era la encargada de dar a luz y que Diana era quien decidía. Diana, la cazadora y la diosa de la Luna, la patrona de los arroyos y los bosques, había resultado también ser la protectora de los nacimientos. No es sorprendente entonces que Enrique estuviese cada vez más bajo el hechizo de esta diosa terrenal”. [Michael de Kent, Historias de amor en alcobas reales]

Tres años más tarde, en 1547, el rey Francisco I murió acompañado de su nuera. Mientras tanto, el nuevo rey, Enrique II, se encontraba en el castillo de Anet con su amante. Catalina de Médicis era la nueva reina, pero su ascenso al trono era solo una puesta en escena, porque todos sabían que quien realmente influía en el nuevo rey en todos los asuntos políticos era Diana de Poitiers. El nuevo rey le otorgó a su querida el ducado de Valentonois con rango de princesa real, un caso único en la historia. En principio, ambas mujeres procuraron mantener la paz en palacio, pero esa paz se rompía de vez en cuando, como aquella vez en que Catalina, ahogada en rencor, le dijo a la cortesana que comprendía perfectamente cuál era su papel en la Corte: “He leído la historia de este Reino y he averiguado que, siempre, en todas las épocas, ha habido alguna puta que se ha metido en los asuntos reales”.

Pese a la opinión de la reina, todos sabían que el rey estaba enamorado de Diana y que no era una cualquiera: “La persona a quien no hay dudas que el rey ama y prefiere por sobre todas es Madame de Valentinois, una dama que actualmente tiene cincuenta y dos años”, decía un informe del embajador de Venecia al emperador Carlos V; “Él la ha amado mucho y ella permanece con él pese a su edad. Es verdad que aunque no usa pinturas o afeites, parece mucho más joven de lo que es. Es una mujer muy inteligente y siempre ha sido la inspiradora y la colaboradora del rey, asistiéndolo incluso con su propio dinero cuando él era aún el delfín”. A sus cincuenta años, Diana era la verdadera reina en las sombras, pero aún así mandaba al rey puntualmente a visitar a su mujer, como informaba el embajador: “La reina no podía soportar, al comienzo de su reinado, tal amor y tal favor por parte del rey hacia la duquesa, pero luego, por instancias del rey, se resignó y soporta con paciencia. La reina frecuenta continuamente a la duquesa que, por su parte, le hace los mayores servicios frente al rey, y a menudo es ella quien lo exhorta a dormir con la reina”.

En cuanto a las aventuras de Enrique II con otras mujeres, no intervenía si estaba segura de que no tendrían futuro. Tenía al rey bien dominado y le hacía sentir la importancia de estar juntos. Mientras el rey le juraba eterna fidelidad a Diana, ella, por su parte, se empeñaba en mantener una constante guerra contra el paso del tiempo. Al enviudar había adoptado los colores del luto (blanco y negro), agregó a su escudo la antorcha invertida, símbolo de las viudas, y honró la memoria de su marido muerto dedicándole un espléndido mausoleo en la capilla del castillo de Anet. Baños de agua helada, ejercicios físicos al aire libre, una dieta espartana y todo tipo de tratamientos para la piel eran las estrategias que la gran favorita utilizaba para conservar su belleza. Uno de sus contemporáneos, Brantôme, había relatado que la mujer, de quien alababa su gran belleza y elegancia, tomaba habitualmente oro disuelto en sus bebidas, como un elixir de la juventud.

Era bella y lo sabía. Sabía también cultivar y mantener esa belleza. Había descubierto, con cuatro siglos de anticipación, las virtudes de la higiene y del deporte. Llevaba una vida sana, evitaba los excesos, se levantaba y se acostaba muy temprano, salvo los días en que las festividades la retenían en la corte. Comía moderadamente, dormía eventualmente la siesta, se daba baños fríos, evitaba los cosméticos, polvos y ungüentos porque arruinaban la piel, y todos los días, cualquiera fue el clima, dedicaba los esencial de la mañana a hacer ejercicio al aire libre, a cabalgar a través de prados y bosques. Ese régimen natural, seguido asiduamente por una mujer sana y de buena salud, le permitió conservar durante mucho tiempo la pureza de su cutis y la agilidad de su andar. Un ‘milagro’ que hoy nosotros estamos en condiciones de comprender mejor”. [Simone Bertiére, Las reinas de Francia en tiempos de los Valois]

La gran senescala tuvo buen cuidado de mantener envuelta en el misterio la naturaleza de sus relaciones con Enrique, confiriéndoles un carácter mitológico y sacro y transformando a la viuda ejemplar en diosa del Olimpo”. [Pilar Queralt del Hierro, Reinas en las sombras]

Como su padre nunca lo había preparado para ser rey, Enrique no sabía gobernar. Diana se convirtió entonces en su principal consejera, la única a la que el rey consultaba en asuntos importantes, y a menudo las cartas oficiales estaban firmadas con un nombre conjunto, “Henri-Diane”. Cuando Enrique II fue coronado en Riems, los franceses contemplaron asombrados el monograma formado por las letras “H” y “D” (Henri y Diane) mientras el monograma de la nueva reina consorte, Catalina, brilló por su ausencia. La amante recibió títulos, fincas y castillos a cambio de entretener, consolar y, sobre todo, aconsejar al rey en todos los aspectos de la vida cortesana: desde las condecoraciones que debía entregar hasta la decoración de sus palacios reales. Mientras tanto, la reina Catalina soportó en silencio la vergüenza de ser la “cornuda” más famosa del reino, y recurrió a la única estratagema que se le ocurrió: ignorar a Diana.

Todo lo que podía hacer era tramar un complot en secreto, mientras en público ignoraba a Diana. Casi no hacía referencias a la amante real. Sólo lo hizo años más tarde en su correspondencia privada (…) La reina Médici no era tan tonta. Sabía que ella siempre sería una extranjera en una corte y en un país que le eran hostiles, por lo cual se obligó a ocultar el odio que sentía por la favorita. Mientras el rey seguía amando a su Madame, ella nunca perdía de vista la posibilidad de defenestrarla o de enviarla al exilio. Sin embargo, sólo entre los muy íntimos se atrevía a expresar su odio. En cambio, cuando una amiga se ofreció a cortar la nariz de Diana y otra, llamada Gaspard de Saulx, sugirió la idea de arrojarla vitriolo para arruinar para siempre su bello rostros, Catalina siempre se negó, afirmando sin cesar que ella sólo deseaba el bien para la duquesa de Valentonois”. [Michael de Kent]El

El agonizante Enrique pidió ver a Diana por última vez, pero Catalina no lo permitió

Víctima de la fatalidad dinástica, Enrique II murió en 1559, durante los grandiosos festejos nupciales de su hija, la princesa Isabel, con el rey Felipe II de España. Desde entonces, la reina Catalina sólo vestiría de luto y a su alrededor la atmósfera se tornó lúgubre y sombría. Tapices, paredes, muebles, cuadros, todo en su palacio quedó cubierto de telas negras. La excepcional reina viuda, a quien los franceses llamaban “Madame Serpiente”, consolidó su poder y se convirtió en regente de sus tres hijos, que reinaron sucesivamente hasta 1589, el año que supuso el fin de la dinastía Valois. Una vez libre de su marido, la reina ordenó ejecutar a Montgomery, acusado de traición, y decidió deshacerse de Diana. En su agonía, Enrique II había pedido ver a Diana por última vez, pero Catalina no lo había permitido.

La poderosa Diana de Poitiers fue obligada a devolver todas las joyas que su suegro y su marido le habían regalado. Pero a lo largo de los últimos veinticinco años, Diana se había hecho amigos poderosos en la corte. Como la reina Catalina no podía ponerse en contra de estas familias nobles, se limitó a quitarle el Castillo de Chenonceaux, el más bellos de los Castillos del Loira, que Enrique II le había regalado, y ofrecerle a cambio el de Chaumont. La reina viuda le solicitó a su aliada que abandonara la corte y se retirara a cualquiera de las residencias de las que había se había apropiado. Temiendo por su vida, Diana escribió una carta al nuevo rey, el joven Francisco II (1544-1560), en la que le solicitaba perdón por los errores que hubiera podido cometer en el pasado y que le ofrendaba su vida y sus bienes. Según el diplomático Giovanni Michiel, “el rey ha ordenado que se informe a Madame de Valentinois que, debido a su perniciosa influencia sobre el difunto rey, su padre, ella merecería un severo castigo. Pero que él, en su clemencia real, no ha querido perturbarla más”. Diana obedeció y nunca regresó la corte. “Yo podía buena cara a Madame de Valentinois”, sentenció Catalina en 1584; “Era la voluntad del rey, aunque no le ocultaba que consentía en que ello me hacía sufrir, pues ninguna mujer que haya amado a su marido aprecia a la ‘puta’ de su marido; y aunque ésta sea una palabra fea, no existe otro nombre que se le pueda dar”.

Darío Silva D’Andrea