Historias

El emperador Calígula: el dios de la locura en el trono de Roma

Nació un 31 de agosto, era un príncipe encantador y su coronación fue muy celebrada. Pero harían falta muy pocos meses para que el buen emperador se convirtiera en el gobernante cruel y despiadado.

Aunque está considerado, tal vez, el más depravado y sanguinario de los emperadores de la Antigua Roma, Calígula fue muy querido al ascender al trono, en el año 37 d.C, tras la festejada muerte de su tío. Unos 160.000 animales fueron sacrificados en honor al emperador, en distintos templos, durante los primeros tres meses de su prometedor gobierno. Después de todo, era hijo del noble y heroico Germánico. Los romanos recibieron al nuevo ‘princeps’ como si fuera un osito de peluche y recordaban con cariño los apodos que le ponían cuando era un tierno niño: “Estrellita”, “Bebé”, “Cachorrito”, “Botitas”… ¡Era un regalo del cielo! Pero no todo lo que brilla es oro.

Nacido el 31 de agosto del año 12 d.C., era el octavo de los nueve hijos de Germánico y Agripina la Mayor, bisnieta del emperador Augusto. Una sangrienta lucha por el poder azotaba las ramas su árbol genealógico mientras el pequeño Calígula crecía lejos de la corte romana. Su madre fue criada en la convicción de haber nacido para el poder, y había vivido vivió en una corte dividida entre los bandos que se disputaban la sucesión de Augusto, que carecía de descendencia masculina directa. Finalmente, Augusto adoptó a Tiberio (hijo de su esposa Livia) haciendo que éste, a su vez, adoptara a su sobrino Germánico como hijo y heredero. Calígula tenía siete años cuando su padre murió y de pronto se vio arrastrados por las violentas circunstancias dinásticas sucedidas del reinado de su tío Tiberio. El ambiente en el que creció, al cuidado del degenerado Tiberio, era aterrador y marcaría a Calígula por siempre. El emperador, sin embargo, prefirió no entrometerse en la vida y en la educación de su sobrino: “Dejo vivir a Cayo para su desgracia y para la de todos”, se lamentó Suetonio.

Durante los primeros meses del reinado hubo una felicidad general que no se había experimentado durante mucho tiempo en el Imperio Romano. Calígula se mostró como un hombre piadoso, generoso y bienintencionado: colocó solemnemente las cenizas de Tiberio en el Mausoleo de Augusto y decretó una amnistía para exiliados y condenados; desterró a los delincuentes sexuales; rehabilitó a su tío Claudio en la vida política y adoptó como sucesor a Tiberio Gemelo, nieto del emperador muerto. Además, concedió al pueblo el derecho a votar por magistrados; aumentó las obras de teatro y los combates de gladiadores, a fin de entretener a las masas; donó a cada ciudadano romano trescientos denarios; repartió alimentos y regalos; dio generosas compensaciones económicas a la Guardia Pretoriana y a las tropas urbanas y fronterizas; realizó abundantes banquetes a los cuales invitó a senadores y caballeros; etcétera… Por último, Calígula se ganó el aplauso popular al viajar a Pandateria y a la isla de Pontia para recoger las cenizas de su madre y de su hermano, asesinados por Tiberio, y llevarlas a Roma.

Harían falta muy pocos meses para que el bueno de Calígula se convirtiera en el emperador cruel y despiadado. Según Filón de Alejandría, la causa de la crisis habría sido el cambio en los hábitos de vida de Calígula al ser coronado, pasando de una existencia tranquila y saludable a tener en sus manos un poder sin límites y toda clase de privilegios. De repente, el emperador se volvió loco. Ordenó el asesinato de Tiberio Gemelo, por temor a que este se rebelara y quisiera matarlo, y cuando fue reprendido por su abuela Antonia, en vez de inclinarse ante su autoridad, le respondió: “Recuerda que todo me está permitido, y con todas las personas”. Según Suetonio, el césar empezó a presentarse “con barba de oro, blandiendo en la mano un rayo, un tridente o un caduceo, insignias de los dioses, y algunas veces se vestía también de Venus… Llevó asiduamente los ornamentos triunfales, y no era raro verle con la coraza de Alejandro Magno, que había mandando sacar del sepulcro del príncipe”. El sobrino pronto superó al tío en depravación y maldad y, aunque a ambos les encantaban las torturas y ejecuciones masivas, Calígula se convirtió en un verdadero experto en estos asuntos.

Era habitual que las comidas de Calígula fueran acompañadas de torturas, a modo de entretenimiento. Durante una de esas comidas, los invitados se mostraron desconcertados cuando Calígula rompió a reírse a carcajadas. Amablemente, le preguntaron si podía compartir con ellos el chiste, y casi se les atragantaron las uvas al escuchar que el emperador decía: ‘¿Qué les parece? ¡He pensado que podría ejecutarlos a todos en este instante!’ A Calígula le gustaba obligar a los padres a contemplar de cerca la ejecución de sus hijos. En una ocasión, uno de esos padres se excusó aduciendo que estaba enfermo y entonces Calígula le ofreció gentilmente una litera para llevarle hasta el lugar de la ejecución y evitar así que se perdiera la fiesta. Una vez, recordando amenazadoramente hasta dónde llegaba su poder, comenzó: ‘Sepan que puedo hacer con cualquiera lo que yo desee’” [Michael Farquhaad, Las cloacas de la historia]

Puertas adentro, la corta vida de Calígula fue una sucesión de atrocidades y desenfreno, y el abanico de sus excesos no puede ser más amplio: incesto, rapto, estupro, violación, sodomía, blasfemia… Con excepción de su hermana Drusila, a la que amaba con pasión, el emperador estaba absolutamente solo. Su abuela Antonia fue envenenada y Caligula contempló desde su ventana la cremación de su cadáver. Obligó a su suegro Silano a degollarse con una navaja porque se sentía amenazado por ese hombre. Mientras tanto, su hermana Agripina, como madre de un hijo con derecho a la sucesión, no sólo temía por su vida sino por la de su niño. La atmósfera cortesana era lúgubre, repleta de desconfianza. Convencido de su divinidad, era habitual verlo hablando con sus colegas los dioses del Panteón Romano, invitaba a la diosa luna a acercarse a su lecho o le contaba secretos al oído a Júpiter.

Le dijeron que era superior a todos los príncipes y reyes de la tierra, y a partir de entonces empezó a atribuirse la majestad divina. Hizo traer de Grecia las estatuas de los dioses más famosos por la excelencia del trabajo y el respeto de los pueblos, entre ellas la de Júpiter Olímpico, y a la cual quitó la cabeza y la sustituyó con la suya. Hizo prolongar hasta el foro un ala de su palacio y transformar el templo de Cástor y Pólux en un vestíbulo, en el que se sentaba a menudo entre los dos hermanos, ofreciéndose a las adoraciones de la multitud. Algunos le saludaron con el título de Júpiter latino; tuvo también para su divinidad templo especial, sacerdotes y las víctimas más raras”. [Suetonio, Los Doce Césares]

Por toda Roma corrían las noticias sobre las relaciones incestuosas del emperador con sus tres hermanas -Julia Livilla, Agripina la Joven y Julia Drusila-, a las que además obligaba a prostituirse o exhibirse desnudas durante banquetes de Estado. “Nunca se cuidó de su pudor ni del ajeno”, dice Suetonio; “y se cree que amó con amor infame a Marco Lépido, al mimo Mnéster y a algunos rehenes. Valerio Catulo, hijo de un consular, le censuró públicamente haber abusado de su juventud hasta lastimarle los costados. Aparte de sus incestos y de su conocida pasión por la prostituta Pyrallis, no respetó a ninguna mujer distinguida”. Tuvo cuatro esposas. A la primera, Livia Orestila, la violó en el transcurso de su ceremonia nupcial y repudió al cabo de unos días. A la segunda, Lolia Paulina, le prohibió tener relaciones sexuales tras divorciarse de ella. Después del nacimiento de su hijo, el interés sexual de Calígula por su hermana Agripina se apagó por completo, y anunció entonces que contraería matrimonio con su otra hermana, Drusila. Su última esposa, Cesonia, fue la que más le duró, al parecer por sus artes libertinas, que excitaban al emperador de manera especial y lo hacían deudor de sus caricias. Se cuenta que en una ocasión, en pleno acto amatorio a la luz de las velas, mientras le besaba el cuello, Calígula le dijo al oído con seductora voz: “¡Tan hermoso cuello! Mandaré que lo corten cuando se me antoje”.

Cuando no se dedicaba a martirizar a sus esposas y hermanas, Calígula se entretenía con las mujeres de otros hombres, incluso en el propio día de la boda de ellas. Las mujeres casadas de la corte, especialmente, comenzaron a ser obligadas a mantener relaciones sexuales con el césar, bajo amenaza de acusarlas de adulterio o divorcio. Lo más común era que invitara a las mujeres más hermosas de la nobleza a comer acompañadas por su marido. Llegado el matrimonio ante el emperador, éste examinaba con minuciosa atención el cuerpo de la dama y “si alguna bajaba la cabeza por pudor, él se la levantaba con la mano”, según Suetonio. Una vez que terminaba de examinar a todas las invitabas, llevaba a la que más le gustaba a una habitación cercana y volvía después de un rato “con las recientes señales del deleite”. Ante todos los comensales, Calígula brindaba con vino por la mujer, ponderaba su belleza, sus pechos, sus caderas, y contaba todo tipo de detalles íntimos, para vergüenza del marido cornudo, que no podía decir nada.

El pueblo romano, que una vez aclamó y adoró a “Botitas”, no salía de su asombro ante la maldad y la depravación del emperador. Harto del abuso, la sangre y la blasfemia, en el año 41 d.C. los romanos (guardia, senado, nobles) se volvieron contra él y, menos de cuatro años después de su coronación, Calígula fue asesinado. Nadie lloró en Roma. El nuevo emperador, su enclenque tío Claudio, anuló todos los decretos de gobierno del emperador muerto y, aunque evitó que prosperara formalmente la ‘damnatio memoriae’ acordada por el Senado, ordenó que se borrara su nombre de las inscripciones y que se derribaran sus estatuas. Los súbditos romanos procuraron olvidar para siempre el nombre del pérfido césar. El imperio estaba avergonzado de aquel corrupto y desquiciado joven que en sus cortos veinticinco años de vida nunca había dudado en asesinar opositores, violar mujeres casadas, profanar templos, y entregarse a toda clase de perversiones.

Monarquías.com / Darío Silva D’Andrea