Hace 200 años: el trágico funeral de la reina Carolina de Inglaterra


Odiada por su marido, despreciada por la corte, vapuleada por el Establishment y ridiculizada por el pueblo, Carolina de Brunswick no tuvo una buena existencia como princesa de Gales, al punto de ser expulsada de Londres a instancias de su marido, el príncipe regente Jorge de Inglaterra. Sin embargo, la percepción pública hacia Carolina cambió cuando se presentó dignamente en la Abadía de Westminster, el día que su marido sería coronado rey en 1821, para reclamar su derecho como reina consorte. Expulsada por la guardia en la entrada del templo, la desprestigiada reina despertó la compasión del público pero no pudo disfrutarlo. Apenas unas semanas después, la reina Carolina murió a las afueras de Londres.

El fervor público que despertó Carolina tras su muerte hizo que su procesión fúnebre, celebrada hace 200 años, el 18 de agosto de 1821, se convirtiera en una tragedia. Antes de las 6 de la mañana, una multitud ya se reunía en Hyde Park Corner, ansiosa por tener un lugar desde donde contemplar el cortejo fúnebre. Según los reportes, esa inmensa multitud de londinenses no estaba dispuesta a retirarse, pero hubo una gran agitación y alarma por temor a que el féretro de la reina cambiara su recorrido.

La procesión llegó a Kensington a las nueve y media camino a Hyde Park, pero la multitud, temerosa de que el carruaje fúnebre no atravesara la ciudad, bloqueó los caminos. Hacia las doce de la noche la procesión entró en el parque, y durante su recorrido “sobrevino un escenario de confusión e indignación del que los anales de éste o de cualquier otro país cristiano pueden presentar pocos paralelos”, en palabras de la prensa contemporánea. Un gran número de personas a pie y a caballo corrieron para contemplar el funeral y la guardia apresuró el paso de la procesión. La inmensa masa de gente impidió el paso del cortejo y dio lugar a una escena de terror.

Con el ataúd de la reina Carolina todavía en la calle, las multitudes arrojaron piedras a la guardia y los soldados fueron autorizados a disparar sus pistolas y carabinas contra la multitud desarmada. Se escucharon gritos de terror y no menos de cuarenta disparos intentaron disipar a la gente. Inmediatamente después del cese de los disparos, la última parte de la procesión se unió al resto del cortejo fúnebre mientras los cuerpos de dos personas yacían sin vida a los costados de la ruta. Una increíble lluvia finalmente disuadió al gentío de seguir contemplando el ruinoso funeral de la reina.

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