La melancolía real: cuando Felipe V se volvió loco y con él, toda la corte de España


El primer Borbón que reinó en España, Felipe V (1683-1746), fue un hombre de pocas luces y muchos desarreglos mentales. Las locuras de este príncipe francés, nieto del Rey Sol, fueron conocidas por todos casi desde el principio de su reinado.

En 1705, el mariscal de Tessé escribió que la única actividad social que le gustaba al rey era la caza «y aún entonces es preciso que esté casi solo ya que su temperamento le inspira deseos de no ver a nadie». Se cree que los desarreglos mentales del nieto de Luis XIV de Francia surgieron en su adolescencia, en su despertar sexual, y se intensificaron cuando fue casado a muy temprana edad con la princesa María Luisa Gabriela de Saboya. «Felipe no abandona ni de día ni de noche a la que lleva siendo su amante esposa durante trece años», cuenta Alejandra Vallejo-Nájera. «No ateniéndose a razones, el monarca reclama su derecho a los últimos fornicios y tiene que ser arrancado a la fuerza de la cama de la moribunda que, por primera vez en su vida conyugal, no está para trotes de alcoba«. La muerte de la reina, en 1714, lo deprimió tanto que se obsesionó con la idea de morirse con ella.

«El rey vive inmerso en la más profunda tristeza», escribió la aristócrata francesa Marie-Anne de La Trémoille, que vivía en la corte borbónica. «No descansa, le parece que el palacio está lleno de sombras y habla de abandonarlo para irse a vivir al palacio del duque de Medinaceli. Llora con frecuencia y no quiere ver a nadie. Desde hace un mes, a partir del momento en que se le dijo que únicamente un milagro podría salvar la vida de la reina, no se ocupa de nada que no sea su íntimo pesar».

Felipe V abandonó en gran medida los asuntos de Estado y a sus hijos para arrojarse a un período de luto esquizofrénico hasta que un año más tarde consideraron saludable que se casara con Isabel Farnesio, la hija del duque de Parma, con la que el joven rey volvió a dar rienda suelta a sus instintos viriles. A partir de entonces, los fogosos tórtolos fueron inseparables. Según el duque de Saint-Simon, los reyes «comparten un solo dormitorio y las mismas habitaciones para el mismo uso, la misma mesa para todo aquello que necesitan hacer. Están siempre juntos y hacen las mismas cosas. No se separan jamás y sólo lo hacen para tareas cortas, raras e indispensables. Sus audiencias las dan siempre juntos y, si así puedo decirlo, colocan sus sillas en el mismo lugar (…) Se acuestan en la misma cama y les ha ocurrido la desgracia de contraer fiebre al mismo tiempo sin haberles podido persuadir de acostarlos por separado, ni incluso con la sugerencia de colocar una cama junto a la otra».

No pasaron muchos años para que las crisis mentales del rey fueran un secreto a voces. Enfermo imaginario algunos días, a veces se creía difunto, ordenando violentamente que le dieran cristiana sepultura. No se cortaba el pelo ni las uñas y se negaba a dejarse afeitar ante el miedo de que aumentaran sus dolencias. Otra vez se creía muerto y preguntaba por qué no le habían sepultado aún, y a veces se desesperaba, creyendo que le habían amputado brazos y piernas. También, como buen rey, tenía caprichos extravagantes, aumentados por su delirio, como ordenar abrir todas las ventanas del palacio los días de invierno o hacerse envolver en mantas los días de calor. Por la noche ordenaba a encender cientos de luces mientras que de día mandaba correr todas las cortinas para permanecer en la más absoluta oscuridad.

Siempre deplorablemente vestido, con ropas sucias y rotas, un documento diplomático del 13 de julio de 1722 revela que Su Majestad no se cambiaba de ropa desde hacía un año. Empezó luego lo que se llamó un gobierno nocturno: la cena era servida a las 5 de la mañana, a la luz de las velas, con las ventanas y cortinas cerradas. A las 7 el monarca se iba a dormir hasta que se despertaba a desayunar al mediodía. Por la tarde iba a misa y pasaba el resto de la jornada divirtiéndose con los relojes, leyendo o haciéndose leer un libro, o disfrutando algún espectáculo musical o teatral privado. A las 2 de la mañana, reunía a sus adormilados secretarios y ministros para celebrar una audiencia. Poco a poco dejó de cazar, de celebrar audiencias y se encerró en su cuarto, sumido en delirante melancolía. Los españoles se acostumbraron a no ver al rey, recluido en el Palacio de La Granja. Las sátiras, difundidas a través de pasquines y diarios, inundaron la corte. Tal como afirmaba una de ellas, sólo por un acto de fe los súbditos españoles sabían que tenían un rey. Por eso, muy pocos lloraron su muerte, en 1746.