Historias

Alejandro III, el zar gigante que salvó a su familia en un accidente ferroviario

El zar odiaba la pompa cortesana, el arte y los bailes, y pensaba que un auténtico ruso debía ser simple: "Un ruso debe ser sencillo en sus maneras, en sus palabras, en sus comidas y en el vestir".

El zar Alejandro III de Rusia (1845-1895) tenía el sobrenombre de “El Pacificador”, porque durante su reinado su imperio no entró en guerra con nadie. “Cualquier persona con corazón, no puede desear una guerra, y cada gobernante –a quien Dios le ha confiado un pueblo– tiene que hacer todo lo posible para evitar los horrores de la guerra”, dijo una vez. En el plano íntimo, era un hombre enorme (medía 1,93), bruto y fortachón que solía caer mal por sus modales de “ogro”. Su contemporánea, Victoria de Inflaterra, se refirió a él como “un soberano a quien yo no considero un caballero” (el zar, enterado de lo que la monarca opinaba de él, la llamó “mujer consentida, sentimental, egoísta” y una “anciana insidiosa y entrometida”).

El zar odiaba la pompa cortesana, el arte y los bailes, y pensaba que un auténtico ruso debía ser simple: “Un ruso debe ser sencillo en sus maneras, en sus palabras, en sus comidas y en el vestir”. Su hija, la gran duquesa Olga, lo admiraba y describió así su rutina de trabajo: “Yo estaba asombrada ante la enorme cantidad de trabajo que mi padre tenía que hacer cada día. Yo creía que un zar era el hombre más trabajador en la tierra. Además de las audiencias y las funciones de Estado, cada día se enfrentaba a una montaña de edictos, leyes e informes que tenía que leer y firmar. Muchas veces mi padre solía garabatear frenéticamente sus indignados comentarios en los márgenes de los documentos: ‘¡idiotas! ¡Tontos! ¡Qué bestia es!’…”

En sus memorias, Olga agrega: “Se levantaba a las 7 de la mañana, se lavaba con agua fría, se vestía con ropa de campesino, se preparaba su café en una cafetera filtradora de vidrio, llenaba el plato de galletas, y después de desayunar, se iba a su escritorio y comenzaba su tarea diaria. Había una muchedumbre de servidores para atenderle, pero no molestaba a ninguno de ellos. Había campanillas en el despacho, pero no las hacía sonar. Algunos momentos después, su esposa se reunía con él, y dos sirvientes ponían a su disposición una mesita. Marido y mujer compartían un desayuno de huevos cocidos y pan de centeno y mantequilla”.

En su memorias, el príncipe Peter Kropotkin, un famoso revolucionario ruso y filósofo describió una anécdota terrible que le sucedió a Alejandro III cuando era joven, en 1869. Cuenta que Karl Gunius, oficial finlandés, era famoso por haber mejorado el rifle Berdan, uno de los rifles más usados en Rusia en la segunda mitad del siglo XIX y después de uno de sus viajes de negocios a los Estados Unidos, se le dio una audiencia con Alejandro, que en ese momento era el ayudante general de su padre, Alejandro II.

“Durante la audiencia, el Alejandro… comenzó a hablar groseramente con el oficial [Gunius]. El gran duque debió haber contestado con dignidad, pero se indignó e insultó sin piedad al oficial… el oficial se fue de inmediato y le envió una carta al Gran Duque, exigiéndole que se disculpe y agregó que si la disculpa no se hacía en 24 horas, se suicidaría… Alejandro no se disculpó, y el oficial cumplió su palabra. Lo vi en la casa de mi amigo cercano esa noche cuando esperó a que llegara la disculpa. Al día siguiente, estaba muerto. Alejandro II estaba furioso con su hijo y le ordenó que escoltara el ataúd del oficial hasta la tumba, pero incluso esta horrible lección no curó al joven de la arrogancia y impetuosidad de los Romanov”.

Otro ejemplo de la magnitud de este hombre ocurrió en 1888, cuando regresaba con su familia desde el Cáucaso a bordo del tren imperial: “Dos locomotoras arrastraban doce vagones, cuando de pronto se produjo una violenta sacudida, oyóse el ruido de cristales que se rompían, el crujir de madera, seguido de un ruido atronador, al caer velozmente algunos de los vagones por el terraplén. El emperador y la emperatriz estaban comiendo con sus hijos en el coche restaurante. El techo se hundió y el piso se dobló al caer el coche de lado”. En su relato, la historiadora Virginia Cowles prosigue: “Por una vez resultó de gran valor la fuerza hercúlea del emperador, puesto que él mismo se desembarazó de la madera y del hierro que le estaban aplastando y se las arregló para sostener el techo del vagón hasta que su mujer y sus hijos, los criados y las niñeras pudieron salir arrastrándose”.

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