Historias

Alexis de Rusia, el heredero de Pedro el Grande que fue azotado hasta la muerte

El 7 de julio de 1718 el zarévich Alexis Petrovich murió en prisión a causa de las heridas provocadas por latigazos. Le ahorró a su implacable padre la penosa tarea de firmar su condena de muerte por traición. Escribe esta historia Darío Silva D’Andrea, editor de Monarquias.com.

En 1713 el príncipe heredero ruso, Alexis, y su esposa eran la comidilla de la alta sociedad y los peores rumores llegaban a oídos de los súbditos del Imperio. Dos años antes el zarevich (como se denominaba a los herederos del trono ruso) había sido obligado por su padre a casarse con una princesa alemana, a la que Alexis despreció desde el principio. A esta altura, la consorte se había entregado al alcohol, dormían en camas separadas y se ignoraban intensamente en las ceremonias públicas de la Corte.

Alexis (1690-1718), hijo de Pedro el Grande de Rusia, era mucho más feliz en compañía de su amante finlandesa, Afrosina Fiódorova, a quien instaló en el palacio imperial. Su sueño era abandonar todo ese aburrido mundo de obligaciones y lujos para llevar una vida normal junto a la mujer que amaba. Pero no lo lograría jamás. Según la historiadora Alejandra Vallejo-Nájera, el príncipe heredero era “un vago redomado, jugador, pendenciero y totalmente desapegado de lo militar”, y representaba todo aquello que su estricto padre detestaba.

Harto de la falta de responsabilidad de su hijo, Pedro el Grande le envió una incisiva carta: “Recuerda tu obstinada y enfermiza naturaleza, cuántas veces te la he reprochado y por cuánto tiempo te he retirado la palabra a su costa. Pero nada de esto ha servido, nada te ha hecho cambiar. No he conseguido más que perder el tiempo, más que golpear al aire. No haces el más mínimo esfuerzo, y toda tu dicha parece consistir en permanecer inactivo en casa. Muchas cosas de las que te deberías sentir avergonzado (y que por otra parte te convierten en un miserable) parecen otorgarte el máximo placer, no ves sus peligrosas consecuencias tanto para ti mismo como para toda la nación…”

Alexis respondió lo que su padre no quería leer: “Si Su Majestad me priva de la sucesión al trono de Rusia a causa de mi incapacidad, pido que sea cumplida la voluntad de mi Señor. Imploro incluso que tal decisión sea prontamente acometida, pues no me veo encajado en los asuntos de gobierno”. Según Jean des Cars, “el muchacho está de lo más inclinado a revolotear entre miembros radicales ortodoxos, tan enemigos de su padre, y también simpatiza con el antiguo Consejo que el Zar intentaba reformar”.

Paralelamente zanganea, presta minúscula atención a la rolliza esposa que le han impuesto, la princesa germana Charlotte [de] Brunswick, y se entrega con devoción a los juegos amatorios con una sirvienta finlandesa llamada Afrosina (…) El resentimiento que se enciende en el Zar, y que se mezcla con la tendencia indómita a la explosividad, le incitan a repetir con Alexis el trato que él mismo había sufrido de la mano de su propio progenitor: le zarandea, le arrastra por el suelo agarrándole por los pelos y, mediante sus impresionantes amenazas físicas, le convierte en un timorato, inseguro y resentido”.

En 1714, a Pedro se le ocurrió darle a su heredero un ultimátum: “Prepárate para gobernar o para ingresar en un monasterio. Tú decides”. Así, tras el nacimiento de su primera hija, Alexis escapó con Afrosina con rumbo a Viena y solicitó la protección de su cuñado, Carlos VI, emperador del Sacro Imperio Romano Germánico. Un año más tarde su esposa murió al dar a luz al segundo hijo (el futuro zar Pedro II), y el mismo día de los funerales Pedro I envió a su hijo una carta instándolo a que se hiciera cargo de una vez por todas de las tareas de Estado so pena de quitarle sus privilegios a la corona:

“Hijo mío: tu desobediencia y el desprecio que has mostrado hacia mis órdenes es ahora algo conocido en todo el mundo. Ni mis palabras ni mis castigos han hecho posible que siguieras mi voluntad. Y, por encima de todo, habiéndome decepcionado cuando te pedí que te enmendaras, e incumpliendo sus obligaciones, has llevado tu desobediencia a extremos aún mayores huyendo y colocándote a ti mismo en la posición de un traidor que busca protección en el extranjero (…) ¡Qué dolor y qué pena le has causado a tu padre, y con qué vergüenza has cubierto a tu país! (…) Si me temes, te aseguro y también prometo a Dios y a Su veredicto final, que no te castigaré. Si acatas mi voluntad a través de la obediencia a mi persona, si vuelves, te amaré más que nunca…”

Podría decirse que Alexis se sintió aliviado con la oferta, y escribió al zar una carta en la que le solicitara que pasara sus derechos directamente a su pequeño hijo, pero Pedro el Grande, mediante insistentes engaños, lo hizo regresar a Moscú. En una ceremonia pública en el Kremlin de Moscú, el hijo pródigo renunció a sus derechos al trono, pero el zar no creía que sus sueños de libertad. Pedro persiguió, encarceló y condenó a las personas que rodeaban a su hijo. Algunas terminaron ejecutadas públicamente y a otros se les cortó la lengua o se les rompió los huesos, fueron incineradas o empaladas.

En cuanto a su hijo, Pedro lo condenó a una tortura tradicional de la Rusia zarista, que consistía en arrancar la piel de la espalda de la víctima con un grueso látigo de cuero de más de quince metros de largo. El castigo estándar constaba de entre quince y veinticinco latigazos; más que eso, normalmente mataba al torturado. Alexis recibió veinticinco latigazos durante el primer día de interrogatorio, pero no reveló nada que no se supiera ya, entre otras cosas, que odiaba a su padre y que lo había criticado delante del emperador Carlos VI. Quince latigazos adicionales, recibidos unos días después, lograron arrancarle que había confesado a un sacerdote su deseo de ver a su padre muerto. Finalmente, el 7 de julio de 1718 Alexis murió a causa de las heridas provocadas por los latigazos. Le ahorraba a su padre la penosa tarea de firmar su condena de muerte.