La última reina que murió en España: así fue el funeral de María Cristina de Habsburgo

Los funerales de la reina María Cristina se celebraron el 8 de febrero de 1929.

El 6 de febrero de 1929 crespones negros vistieron el Palacio real de Madrid tras la muerte de la reina madre María Cristina de España. Dos días después, un masivo y pomposo cortejo fúnebre llevó sus restos al Escorial para ser sepultados en el Panteón de Reyes.

Madre del rey Alfonso XIII y viuda de Alfonso XII, la ex regente María Cristina de Habsburgo había pasado los últimos años de su vida casi aislada y su vida oficial estaba reducida a los actos puramente simbólicos. El protocolo cortesano ignoraba la figura de una reina viuda, y el papel de primera dama era entonces ejercido por su nuera, la reina Victoria Eugenia.

Viuda del rey Alfonso XII, María Cristina gobernó como Regente entre 1885 y 1902.

Capilla ardiente en el Palacio de Madrid

Instalada en el palacio madrileño, en sus habitaciones daba algunas veces ofrecía pequeñas veladas con personas dela nobleza y recibía visitas de sus nietos. Sus mayores preocupaciones eran cuidar de las obras de beneficencia que había ayudado a fundar, reuniéndose con mujeres beneficiadas y distribuyendo personalmente la comida a los pobres. La última vez que se vio con vida a la reina, a la que los españoles apodaron “Doña Virtudes”, había sido el 23 de enero, con motivo de una recepción por el santo de Alfonso XIII.

Las pompas fúnebres del 8 de febrero tuvieron lugar en un Madrid frío, sombrío y silencioso, dominado por una multitud que se arremolinó en torno al Palacio. El día anterior, más de 30.000 españoles visitaron la capilla ardiente. A las seis de la mañana del 8 comenzaron las misas en la capilla, donde el féretro había sido colocado dentro de un arcón durante la noche con la sola presencia del rey Alfonso.

María Cristina fue la madre de la princesa Mercedes, la infanta María Teresa y el rey Alfonso XIII.

Durante toda la madrugada, el rey y los más altos funcionarios velaron el cadáver, ubicado en un ataúd forrado exteriormente con raso amarillo. Al amanecer, una enorme masa de funcionarios de la corte, generales del ejército, altos miembros del gobierno, diplomáticos, obispos, arzobispos, grandes de España, duques y duquesas, condes y condesas, marqueses y marqueses llenaron la capilla y otras salas del palacio para participar de una serie de misas.

Terminada se separaron los candelabros de Carlos III que rodeaban el catafalco y una comisión de grandes de España formada por los duques de Arión, de Lesera, de Unión de Cuba, de Aliaga, de Villahermosa y de Victoria y el conde de Heredia Spinola, se acercó al arcón y retiraron de la tarima para sacarlo del templo.

En 1902, María Cristina de Habsburgo dejó la regencia tras la mayoría de edad de su hijo, Alfonso XIII.

Un cortejo fúnebre que paralizó Madrid

Un enorme cortejo, encabezado por el duque de Baena y el inspector de los Reales Palacios acompañó a pie el traslado. Detrás, los servidores de Palacio, llevaban la monumental corona de violetas con cintas de los colores nacionales y sin dedicatoria, tributo del rey a su madre. Más atrás, caminaban con paso marcial los servidores de la Corona, los monteros de Espinosa y los altos mandos de la presidencia. En sitio de honor marchaba el duque de Sotomayor, mayordomo mayor de la reina madre, seguido por todas las damas de María Cristina, de riguroso luto.

El instante más imponente del cortejo fue el momento en que el cadáver de la reina madre descendió por la escalera principal del palacio, que sólo es utilizada para las grandes ceremonias de la corte. Allí, los nobles entregaron el féretro a un cuerpo de alabarderos.

Parte de la familia real española junto a la reina María Cristina y los reyes Alfonso XIII y Victoria Eugenia.

El enorme cortejo continuó su camino hacia el exterior del palacio para salir a la Plaza de la Armería, donde los regimientos del ejército español esperaban para rendir homenaje a la mujer que fue gobernante de España, en calidad de regente, durante diecisiete años. Las marchas militares se oían al tiempo que tronaban los cañones de honor. En la puerta, el féretro fue colocado en el carruaje fúnebre, que emprendió su viaje arrastrado por ocho caballos y escoltado por los Monteros de Espinosa.

El impresionante cortejo atravesó la Plaza de la Armería para salir al exterior. Alabarderos, palafreneros, nobles, cortesanos, funcionarios, altos mandos de los Ejércitos españoles y religiosos caminaron lentamente dejando atrás a las damas de la reina, que se despidieron a lo lejos.

Maria Christina Désirée Henriette Felicitas Rainiera de Habsburgo-Lorena era bisnieta del emperador Leopoldo II.

A los lados de la plaza, permanecían de pie ministros, alcaldes, gobernadores, representantes de las organizaciones benéficas de doña María Cristina, administraciones locales, de ayuntamientos, de universidades, del Poder Judicial, de las instituciones culturales y de la diplomacia. Los diarios españoles de la época reflejan en sus crónicas representantes de unas doscientas organizaciones y administraciones, además de las decenas de personas de todo rango que caminaban en torno al ataúd real.

El regimiento del Rey se había situado desde las rejas de la Plaza de la Armería hasta dar la vuelta a la esquina de Palacio. Detrás de estas tropas se agolpaban desde muy temprano en la explanada de la Almudena, miles de personas. Los dolientes apostados en la Plaza de Oriente pudieron observar que, tras los cristales de uno de los balcones del Palacio Real el rey Alfonso XIII observaba el paso del cortejo fúnebre, y desde otros sitios la reina Victoria Eugenia y sus hijos, el príncipe Alfonso y los infantes Juan, Jaime, María Cristina, Beatriz y Gonzalo, presenciaban también el desfile. El ruido de las marchas fúnebres militares se unió ya en plena Plaza de la Armería al de dos escuadrillas de aviación que volaban a poca altura sobre el cortejo para honrar a la reina fallecida.

Retirada del poder en 1902, María Cristina dedicó el resto de su vida a la caridad.

Sepultura entre los reyes de Habsburgo y Borbón

Un tren especial transportó al féretro de la reina María Cristina, al cuerpo diplomático y al gobierno desde la Estación del Norte, de Madrid, hasta la estación de El Escorial, en cuyo Monasterio de San Lorenzo reposan los restos de todos los reyes y reinas de España desde el siglo XVII. En el centro de la iglesia del Monasterio se había colocado un amplio catafalco con un gran paño de terciopelo bordado en oro y rodeado de grandes candelabros con cirios rojos.

El enorme candelabro de bronce, de varios brazos, llamado “el clavel”, estaba colocado delante del catafalco mientras, sobre un gran almohadón negro había una corona real. En las escalinatas del presbiterio y a los lados se pusieron las cientos de coronas florales que en los días previos habían sido trasladadas desde el palacio de Madrid.

Traslado de los restos de María Cristina de Habsburgo al Monasterio de El Escorial.

Situado a diez metros bajo el altar mayor de la basílica, el Panteón de Reyes es el tercero de los que, sucesivamente, se fueron construyendo en el monasterio de San Lorenzo de El Escorial, un monumento que forma parte de la historia de España. Fue el rey Carlos V el que eligió a la orden de los Jerónimos para que habitara el monasterio, puesto que era la única orden contemplativa de origen español y, dada su excelsa vida de oración, dedicaría su tiempo a orar por los regios difuntos allí enterrados. El rey Felipe II, en cumplimiento de un voto hecho por la victoria obtenida sobre los franceses en San Quintín, el 10 de agosto de 1557 -San Lorenzo- mandó construirlo, aunque nunca vio finalizada la obra.

El tramo entre la estación (tapizada de crespones y lazos negros) y el Monasterio de El Escorial estuvo cubierto por batallones y escuadrones de caballería, además de una batería del regimiento de artillería a caballo encargado de las salvas de honor.

Monasterio de El Escorial, lugar de sepultura de los reyes españoles de las Casas de Austria y Borbón.

En el monasterio, el féretro real fue reicbido por campanadas y cañones, además de una enorme comitiva de más nobles, cortesanos, funcionarios y representantes. El duque de Sotomayor, como mayordomo mayor de la reina fallecida, proclamó a los monteros de Espinosa: “¿Juráis por vuestro honor que el cuerpo que contiene esta caja es el de la Reina doña María Cristina de Habsburgo-Lorena… el mismo que os fue entregado en Palacio para su custodia?”.

Contestaron los monteros juraron que sí al unísono, el duque se dirigió a los padres de la comunidad de Monjes Agustinos del monasterio: “¿Reconocen vuestras paternidades que este cadáver, que conforme al estilo y orden de S. M. que os ha sido comunicada, os vamos a entregar para que lo tengáis en guarda y custodia, es el de doña María Cristiana de Habsburgo-Lorena, etc.?” Los monjes levantaron la tapa del féretro y observaron el cadáver para responder que sí.

Los alabarderos lo trasladaron al altar del templo, donde se pronunció una solemne misa de cuerpo presente. Previo a su enterramiento bajo el altar, el cadáver de la reina fue inhumado en una cámara próxima al panteón conocida como el “pudridero”, donde el prior ordena colocar el féretro sobre una plancha de cal viva, tras haber sido perforado para facilitar la descomposición del cadáver.

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