Historias

Zita de Borbón-Parma: el camino a la santidad de la última emperatriz de Europa

Siempre hemos leído que “detrás de todo gran hombre hay una gran mujer”. La mayoría de las veces esto no es cierto: Zita no estuvo detrás de un gran hombre, Zita caminó a su lado.

Siempre hemos leído que “detrás de todo gran hombre hay una gran mujer”. La mayoría de las veces esto no es cierto: Zita no estuvo detrás de un gran hombre, Zita caminó a su lado.

La historiadora Verónica Güidoni de Hidalgo nos cuenta su historia.

En la época de la fuerza femenina y el empoderamiento de las mujeres, cualquiera de nosotras en la tercera década del siglo XXI, quedaría asombrada ante la iniciativa y el temple feroz de algunas de nuestras congéneres de un siglo antes. Más aun si se trata de una de las épocas más convulsas de la historia y si los principales puestos de mando eran aun privativos de los hombres.

Las princesas del 1900 recibían por lo general una educación esmerada en internados o conventos, eran políglotas, veían poco a sus padres y se preparaban para el mayor logro de sus vidas: consolidar las dinastías, dar a luz al heredero varón. Tarea no tan sencilla a veces, pues en ello podía írseles la vida, en tiempos en los que la muerte en puerperio era una realidad demasiado frecuente.

Pero hubo princesas, como hemos podido ver en varias publicaciones que trascendieron a esa noble tarea, se inmiscuyeron en los negocios políticos, velaron por el poder de sus esposos y la integridad de sus reinos sin que por eso perdieran un ápice de femineidad ni menos de sangre azul.

Zita de Borbón (1892-1989), la princesa de mirada luminosa, fue una de ellas. Siempre hemos leído que “detrás de todo gran hombre hay una gran mujer”. La mayoría de las veces esto no es cierto: Zita no estuvo detrás de un gran hombre, Zita caminó a su lado.

Nacida en la Toscana italiana, Zita María de la Gracia de Borbón Parma y Braganza era hija del último duque de Parma y Piacenza antes de la unificación italiana y de la segunda esposa de éste, la infanta portuguesa nacida en Alemania, María Antonia de Braganza. De este segundo matrimonio, Zita era la quinta hija, pero su padre en realidad tuvo veinticuatro hijos: doce en el primer matrimonio con María Pía de las Dos Sicilias -varios de ellos con discapacidades mentales- y doce del segundo con María Antonia.

Cuando su padre pierde el ducado de Parma, se instala con su numerosa familia en Austria, donde Zita crece hablando italiano, alemán y portugués, las lenguas que le eran familiares. Pero además de idiomas, Zita aprendió bien pronto lo que eran la pérdida de un trono, el exilio, la incertidumbre ante el futuro, el desarraigo.

Sin embargo, don Roberto, su padre, se esmeró en darle a prole la mejor educación, por eso envió a Zita a un exigente internado en Suiza y más tarde, cuando ya había muerto su padre, pasó a un convento en Inglaterra en el que reforzaría no sólo su formación religiosa y espiritual sino también su inglés. Una de sus tías era la superiora de ese convento, así es que no dejó de sentirse en familia y empezó a considerar la posibilidad de tomar los hábitos, como de hecho hicieron algunas de sus hermanas.

Pero no era solo su intelectualidad la que los hijos del duque educaban, también estaban abocados a las obras de misericordia y tenían obligación de ayudar a los necesitados confeccionando ropa para ellos de sus propios vestidos.

Una vez llegada a la adolescencia, su tía materna María Teresa de Braganza, tercera esposa de Carlos Luis de Habsburgo, hermano del emperador Francisco José, decidió buscarle un digno esposo a Zita, que era su sobrina favorita. Recordemos que María Teresa, ya viuda del archiduque Carlos Luis, había abogado exitosamente por el matrimonio morganático de su hijastro Francisco Fernando con Sofía Chotek, de modo que se la reconocía como comprensiva y tenaz en cuestión de corazones.

Una tarde, María Teresa organizó una fiesta en Viena e invitó a su sobrina Zita. Allí se rencontró con antiguos conocidos, pero uno llamó particularmente su atención: Carlos Francisco, primogénito de Otto, el hijastro de María Teresa. El flechazo fue inmediato para Zita, cuya mirada luminosa no la dejaba disimular la emoción que le provocaba ese apuesto príncipe Habsburgo de ojos transparentes. Inmediatamente se hicieron amigos.

Pero Carlos era un poco introvertido y no se decidía a pedir la mano de Zita, hasta que le llegó el rumor que el Príncipe Jaime de Borbón -de la rama carlista española- iba a hacerlo. Fue entonces que el archiduque se alarmó y decidió pedir en compromiso a la princesa italiana. La boda se celebraría el 21 de octubre de 1911, una fecha que pasará al santoral católico en el castillo de Schwarzau. Zita tenía entonces diecinueve años.

Los primeros años del matrimonio fueron muy felices, sobre todo con el nacimiento de sus dos primeros hijos en 1912 y 1913. Todos percibían en el carácter alegre y decidido de la nueva archiduquesa, la fuerza que impulsaba a Carlos Francisco, cuyo carácter y cultura eran de menor envergadura que los de su esposa.

Pero la vida de Zita dio un giro completo con la muerte del tío de su esposo, el archiduque Francisco Fernando, sobrino del emperador y heredero, en 1914, y el consecuente estallido de la Primera Guerra Mundial. La herencia pasaba así a Carlos Francisco y a Zita como futuros emperadores de Austria Hungría. El anciano emperador Francisco José de 83 años, apenas sobreviviría dos años más. Un escenario complejo se le presentaba a la joven pareja imperial en una Viena que había acallado sus valses por levantar sus armas. En 1916, Carlos y Zita acceden al trono.

La coronación del emperador Carlos nada tuvo de alegre, fue austera, haciéndose eco de la sencillez que vivía la nueva familia imperial en pleno conflicto mundial. Fueron tiempos tristes: Carlos buscaba la paz, era el único mandatario del conflicto que, ante todo, buscaba la paz. Zita entre tanto, negociaba a través de correspondencia secreta con sus muchos hermanos en los diferentes países en conflicto, una salida de paz y honor para Austria. Desconfiaban de Alemania, sabían que el emperador alemán sólo quería el fin de la monarquía dual de Austria Hungría y el desmembramiento de todo ese gran imperio.

El gran Stefan Zweig escribirá lo que era Austria antes de la guerra: “La gente vivía bien, la vida era fácil y despreocupada en aquella vieja Viena, y los alemanes del norte miraban con cierto enojo y desdén a sus vecinos del Danubio que, en vez de ser ‘eficientes’ y mantener un riguroso orden, disfrutábamos de la vida, comíamos bien, nos deleitamos con el teatro y las fiestas y, además, hacíamos una música excelente”.

Claro que, para el resto de Europa beligerante, este estado de cosas debía terminar y el Imperio multiétnico, que no poseía esclavos ni colonias, poseedor de una enorme cultura era un estorbo. El caos que vendría con el desmembramiento era justamente lo que Zita y Carlos querían evitarle a su pueblo. No había sido un Estado ideal, pero en el Imperio no se conocían la tortura, las ejecuciones públicas, las sentencias de muerte secretas, los campos de concentración, las deportaciones, las confiscaciones ni el trabajo esclavo o infantil. El antisemitismo era un delito punible.

Zita lo intuía: sólo el caos ocuparía el vacío de aquel imperio con alma de músico si el Emperador no lograba mantener su postura y la cohesión de sus reinos, por eso se mantuvo firme junto a su marido atenta a la política mientras iban naciendo más hijos. El poeta Anatole France, ganador del Nobel, dirá de Carlos que fue “el único hombre honesto que surgiría durante toda esta guerra, pero era un santo y nadie lo escuchó”.

El emperador alemán Guillermo II, que buscaba la caída definitiva de los Habsburgo, descubrió los intentos secretos de paz entre Austria y Francia. La situación de la pareja imperial quedó muy comprometida.

Dentro de Austria las voces republicanas se hacían sentir, sumadas a la creciente pobreza en las calles y los cientos de heridos que realmente preocupaban a Carlos. Por fuera, los bolcheviques planeaban su golpe maestro. Carlos intuyó el peligro que eso representaría para las monarquías, por eso se opuso a que se le diera permiso a un poco conocido líder bolchevique Vladimir Lenin para salir de Suiza a Rusia a envalentonar a los rebeldes en Rusia.

Europa parecía no querer la paz. Zita, que había vivido de niña la abdicación de su padre, insistió a Carlos para que luchara aun por sus derechos, pero la paz interna del desmembrado imperio era para él un objetivo superior. Para sanar las heridas de guerra, era necesaria la paz interna. El emperador y la emperatriz fueron depuestos – una vez que fue proclamada una república germano austríaca – y, humillados, abandonaron sus reinos rumbo al exilio.

Primero a Suiza, que los recibió con generosidad siempre y cuando no tuviera Carlos ninguna relación con la política. Pero meses después la pareja imperial partió hacia Hungría, donde aún eran reyes por un tiempo más y muy queridos por el leal pueblo húngaro. A la hora de regresar a reunirse con sus hijos, Suiza les prohibió la entrada, así es que se refugiaron en la Isla Madeira, posesión portuguesa. Allí lograron reunir a la familia.

Poco después, una neumonía mal tratada sin atención médica y con escasos recursos como contaban, llevó a Carlos a la muerte en 1922. “Mi amor por ti, es inconmensurable”, le dijo antes de cerrar los ojos por última vez. Zita, devastada de dolor, con apenas 29 años, quedaba viuda con el mayor de sus ocho hijos que apenas llegaba a los diez años, en el exilio, en la pobreza y con un futuro certero.

La tristeza la invadía mas no la doblegaba. Continuó su lucha denodada por el reconocimiento de los derechos de su familia al Imperio por su carácter férreo y su valía intelectual. Zita honraría siempre el recuerdo de su matrimonio: nunca intentó casarse de nuevo ni se quitó el luto, se abocó con tesón a diseñar un futuro digno para sus hijos.

Zita entonces, decide pedir asilo en España. Alfonso XIII, su pariente, los alojó en el Palacio de El Pardo, pero luego les ofreció el Palacio Uribarren en Vizcaya. Allí vivirán seis años en la mayor estrechez, Zita no se avergonzaba de solicitar dinero de los bienes dinásticos de los Habsburgo para sobrevivir. Aunque desgraciadamente, no era la única de la gran familia Habsburgo que estaba en el exilio y necesitada de fondos.

De ahí partieron hacia Bélgica, a fin de que sus hijos mayores pudieran tener una educación universitaria, pero el estallido de la Segunda Guerra y la ocupación nazi la impulsó a la matriarca a levantar a su familia otra vez para trasladarse a América -como tantos- concretamente a Nueva York. Allí vivirían en paz y con mejores posibilidades de progreso.

Después de 1945, volvieron a hacer maletas y se instalaron definitivamente en Suiza. Allí empezó a desistir de sus intereses políticos en favor de su primogénito Otto y se dedicó a una ocupación más personal y noble: iniciar la causa de beatificación de su esposo. Austria no le abrió las puertas en años, ni siquiera para asistir al funeral de su amada hija Adelaida.

Recién en 1982 pudo regresar a su añorada Viena, pero ya no era lo mismo. Sin duda observó cada jardín, cada prolija calle, cada bosque, cada palacio con la misma mirada vivaz y curiosa, con el mismo temple con el que alentaba a su esposo décadas atrás, con el mismo amor. Pero ya no era lo mismo. Ya Viena no era un hogar para Zita.

Volvió a Suiza, fue feliz. Cuando cumplió 95 años en la primavera de 1987, sus numerosa familia la rodeó de cariños: sus hijos, nietos y bisnietos. Quizás sobrevivían algunos de sus hermanos, sobrinos, sobrinos nietos. Era una familia de longevos y de mujeres fecundas. Pero también, como afirma la historiadora y escritora María José Rubio, eran mujeres de gran intuición y genio político. Zita no era una Habsburgo de cuna, pero lo fue de corazón y fue madre también de esa gran dinastía.