La pasión francesa de María Mancini, la primera favorita de Luis XIV


Nací en Roma de una familia considerada por su propio mérito y por el lustre de su nobleza…” Así comienza María Mancini su relato autobiográfico llamado “Las verdaderas memorias de María Mancini escritas por ella misma”. Nació en el verano de 1639 en Roma y en sus escritos destaca rápidamente que su madre, no encontrando en María la belleza superlativa de su hermana mayor Hortensia, a los siete años la hizo ingresar en un convento dirigido por una tía suya, a fin de que profesara como monja algún día. De paso, la noble señora se libraba de tener otra hija casadera. Pero dos años después, debido a los problemas de salud que presentó la niña -entendible en una niña afectiva y con gran imaginación y para peor, sin vocación religiosa- la madre decidió que María regresara al hogar, “aunque me amaba mi madre con menos ternura que a mi hermana Hortensia”, agrega María en sus memorias.

El minucioso relato que sigue es ya conocido. El llamado del cardenal Jules Mazarino a sus hermanas para trasladarse a Francia con sus hijas, la estadía en Aix con el fin de prepararse a la vida cortesana, la llegada finalmente a París. María debió pasar aproximadamente año y medio en un convento -una vez más- porque aún no aprendía en forma correcta el francés, pero es probable que se debiera al carácter vivaz y temperamento despierto de la niña, ya que su madre presentaba constantemente quejas de la niña, lo que María atribuía al poco cariño y paciencia que su madre le profesaba. No obstante, era amenazada constantemente con el retorno al convento si seguía presentando tantas faltas de disciplina.

Poco después fallece su madre, luego su aya y María comienza a gozar de la libertad exigida por su espíritu deseoso de aventuras y, dueña de una imaginación excitada por las novelas que leía. Es en ese momento cuando el joven rey Luis XIV de Francia, el “Rey Sol”, comienza a mirarla con otros ojos, ya como dos adolescentes en pleno despertar de sus instintos. Todo parecía ser un romance inocente, aceptado y hasta fomentado por Mazarino y Ana de Austria, reina madre y madre de Luis. Hasta que la “razón de Estado” pudo más. En la cúspide de su romanticismo, ambos leían juntos “L’Astrée (La Astrea) de Honore d’Urfé, la novela madre de las novelas románticas de la época.

Cuenta María: “…la asiduidad del monarca, los magníficos regalos que me hacía y, más que todo eso, su languidez, sus suspiros y la solicitud general con que me complacía todos mis deseos, no me dejaron más dudas al respecto”.

Pero, esos momentos de solaz pronto amenazaron con desvanecerse cuando la reina Ana y Mararino iniciaron tratativas de matrimonio entre el joven rey y la princesa italiana Margarita Yolanda de Saboya. María narra lo que sufrió su corazón en ese momento y cuán triste se encontró ella temiendo perder a su amado. Afortunadamente estas tratativas no prosperaron. María volvió a disfrutar de la felicidad de saberse la preferida del rey, de la madre del rey y de su propio tío, Mazarino. Este estado no duró mucho más. El acuerdo franco-español que ponía fin a muchos años de conflicto tras la guerra de los Treinta Años (Paz de los Pirineos) tuvo una inesperada consecuencia para los jóvenes: el matrimonio entre Luis XIV y la infanta de España María Teresa de Austria, prima hermana del joven rey.

Luis protestó, pero aprendió enseguida la importancia de la renuncia por el bien de Francia instigado por Mazarino. A la vez, María ya había sido prometida a otro príncipe: Lorenzo, el condestable Colonna, cuya familia constituía el clan romano más influyente con deudas de favores mutuos con los Mazarino. “Vos sois rey y yo me marcho”, le manifestó María a Luis, parafraseando una de las tantas novelas que leía.

María menciona entonces las largas cartas que su desconsolado enamorado le enviaba, pero Luis jugaba un doble juego: por un lado penaba por María y por el otro, se entusiasmaba con su boda española. María sufrió sin duda, pero era inteligente: al caer enfermo el cardenal y ya comprometido el rey, se dio cuenta que pronto se quedaría sin apoyos en la corte francesa, por lo que decidió aceptar el matrimonio con Lorenzo. A los pocos meses, Mazarino murió.

Poco tiempo después, la joven regresó a Francia y en Fontainebleau fue presentada ante la nueva reina. Imaginó con todo su espíritu romántico ese reencuentro con quien había sido su amado, pero su frustración fue enorme al notar que él apenas la miró y ni siquiera procuró un fugaz encuentro a solas. “Nada puede haber más cruel”– escribió ella después de ese incidente.

En sus inicios, el matrimonio funcionó: nacieron tres hijos en casi tres años: Filippo; Marcantonio y Carlo. El condestable complacía a su vivaz esposa en todo por lo que organizó tertulias y salones como si siguiera en París. Pero en Italia comenzaron a murmurar acerca del comportamiento “a la francesa” de María y su reputación quedó cuestionada, especialmente por los continuos viajes que hacía, a veces sola y rodeada de admiradores. Su matrimonio empezó a resquebrajarse.

María le propuso a Lorenzo que la eximiera del deber marital y Lorenzo aceptó, pero esta respuesta en apariencias tranquila trajo dos consecuencias funestas para María: Lorenzo instaló en su casa a su amante y comenzó a dar oídos a las habladurías y libelos escritos contra María. Fue ahí cuando María decidió escaparse con su hermana Hortensia -viviendo con ella también, después de varios vericuetos de su vida matrimonial- y su hermano. Recorrió así gran parte de Europa. Llegó con un salvoconducto a Francia esperando la ayuda de su antiguo novio, pero la situación de Luis no era la misma que antes: si bien ayudó económicamente a María, no quiso alojarla en la corte ni recibirla siquiera dado que los escritos de la época relacionaban a María de un “vivo recuerdo” que la unía con Francia y claramente Luis no quería tener problemas con el Príncipe Condestable.

María entonces se alojó en un convento en Italia, en el que podía llevar la vida social que quisiera e incluso reunir gente de su entorno, pero pronto se aburrió y volvió a las aventuras. Lorenzo la conminaba a regresar al hogar, le hablaba de sus hijos, pero María estaba decidida a no volver. Se instaló en España en 1676, donde tenía muchos conocidos y desde allí mantuvo relación con la cultura, sociedad y política de la época.

Pero cuando el bastardo de Felipe IV, Juan José de Austria, asumió el protagonismo de la corte española y ejerció su influencia sobre el joven rey Carlos II (el “Hechizado”) se hizo necesario sentar posición y fue cuando María, temerosa de las libertades alcanzadas, temió por su seguridad y escribió sus memorias como un “descargo”, por un lado contra los escritos en su contra de Lorenzo, y por el otro manifestando su lealtad a España y la corona. Después de 1689, cuando murió el condestable, María regresó a Italia cansada de tanta travesía, mas no vencida. Falleció en Pisa en 1715, el mismo año que su inolvidable Luis XIV. El epitafio que ella misma compuso rezaba María Mancini Colonna, pulvis et cinis. Polvo y cenizas sin dudas, pero tan bien vividos que se salió con la suya, en solitario y regresando al hogar cuando sus libertades no corrieran peligro.