Así fue como Catalina la Grande abrazó la inoculación y salvó miles de vidas


Thomas Dimsdale, un médico inglés, se basó en una técnica existente para inmunizar a las personas contra la viruela. La técnica consistía en encontrar un portador de la dolencia, luego tomar una cuchilla sumergida en una cantidad muy, muy pequeña de “la materia inmadura, cruda o acuosa” de las pústulas de esa persona e inyectarla en el cuerpo del paciente. Los pacientes infectados con esta cepa más leve desarrollaron inmunidad y podrían combatir cepas más mortales en el futuro.

La enfermedad había asolado Europa durante siglos, desfigurando gravemente al zar Pedro III de Rusia. Decidida a librar a sus compatriotas del flagelo que estaba matando a decenas de miles en Rusia, en 1767 la emperatriz Catalina II, viuda de Pedro, citó a Dimsdale a la corte, ansiosa por ver si la estrategia de Dimsdale funcionaba. Cuando llegó a Rusia, la emperatriz insistió en recibir la inoculación, a pesar de las fuertes protestas los funcionarios, que estaban preocupados si el tratamiento todavía experimental fallaba. Después de la inoculación, cayó enferma durante unas semanas pero se recuperó.

Relata el historiador Fernando Díaz-Plaja: “Desde los Padres de la Iglesia y su favorito Orlo al bajo pueblo de San Petersburgo, la alarma es general y las peticiones llegan unánimes: ‘No lo hagas, matrioshka, no te expongas a ese peligro’. Las súplicas de sus amigos valieron tan poco como las advertencias de los científicos rusos, poco seguros todavía de aquel invento extranjero. Catalina II se vacuna y tras unos días de angustia nacional, aparece en público con la más sana de las apariencias y la mejor de sus sonrisas”.

El procedimiento fue un éxito y, con el apoyo de la zarina, Dimsdale inoculó a unos 150 miembros de la nobleza. Para los últimos años de vida de Catalina, dos millones de rusos habían recibido vacunas contra la viruela.

“Es bastante sorprendente que, en el siglo XVIII, la mejor estrategia publicitaria para Catalina fuera mostrar a todos que estaba planeando leyes y reformas pensando en conceptos como justicia y derecho natural y hablando con los mejores pensadores europeos sobre las necesidades de Rusia. ¿No sería fantástico si los líderes políticos de hoy pudieran ganar votos apelando a la razón y la investigación?” escribió Kelsey Rubin-Detlev, profesora asistente de lenguas y literaturas eslavas en la Facultad de Letras, Artes y Ciencias de la USC Dornsife. “Catalina no solo interactuaba con intelectuales públicos: ella misma era una intelectual pública. Fue dramaturga, periodista, historiadora, teórica política y mucho más. De esto se trataba ser un gran monarca en la Ilustración: combinar ideas con poder”.