Reina de las nieves: hace 115 años, Maud de Inglaterra se convirtió en reina de Noruega


El 27 de noviembre de 1905, Haakon VII fue proclamado rey de la moderna monarquía noruega. A su lado reinaría su esposa inglesa, nieta de la reina Victoria.

La princesa Maud de Inglaterra, reina de Noruega (1869-1938), fue una de las cinco nietas de la reina Victoria de Inglaterra que se convirtió, por matrimonio, en reina consorte en una nación extranjera. No deseaba casarse con un príncipe nórdico, ni mucho menos ser coronada reina junto a él en otro país del que nada sabía, una nación cubierta de hielo… Por eso, hasta el último día de su vida añoró su amada tierra de Inglaterra y se quejó de Noruega: “aquí hace un frío terrible, y yo que soy muy sensible al frío y sufro algunos dolores…”.

A pesar de extrañar dolorosamente su Inglaterra natal, y no llegar nunca a acostumbrarse a los eternos inviernos de Escandinavia, Maud hizo todo lo posible por participar en la tarea que el pueblo noruego había confiado a su esposo y a ella, tomando parte en multitud de emprendimientos caritativos, artísticos y sociales, pero siempre en silencio y sin llamar la atención.

Durante la Primera Guerra Mundial se dedicó a presidir campañas de recolección de dinero para aliviar la situación de los extranjeros que sufrían privaciones; recogía medicamentos, alimentos y ropa para los pobres y especialmente para las madres solteras; en público, siempre aparecía en ceremonias de la corte con la extraordinaria elegancia que había heredado de sus padres.

Desde los primeros momentos, hizo todo lo que estuvo a su alcance para convertirse en una reina dedicada y laboriosa, tal como le había enseñado su abuela. Estudió el idioma noruego con devoción y llegó a tomar clases de esquí para compartir la afición de los noruegos por ese deporte. En público, solemne y con cierto aire de “objeto decorativo”, en privado, alegre, vivaz y con muy buen humor.

En la intimidad de sus hogares de Hölmenkollen o Bygdøy, disfrutaba de paseos al aire libre y paseaba a sus perros, bailaba y se consagró como una fotógrafa muy talentosa. Pero durante toda su vida adulta, primer como princesa de Dinamarca y luego como soberana de Noruega, mantuvo una enorme nostalgia y obsesión por su patria natal, Inglaterra.

La vida familiar de Maud fue su bendición, ensombrecida por el hecho de no poder tener más de un hijo. Su hijo Olav encontró la felicidad en el matrimonio con la princesa Märtha de Suecia y Maud se convirtió en una abuela cariñosa para sus tres nietos.

La infanta Eulalia de España nos relata sus impresiones de la peculiar pareja real noruega durante un paseo de compras que realizó en su visita a Oslo: “… en ello me hallaba cuando vi entrar en el almacén a una señora de baja estatura, cubierta de un sencillo impermeable y acompañada de otra dama que llevaba bajo el brazo un paquete. No presté atención a las compradoras y seguí seleccionando mis postales con paisajes nevados y ásperos fiordos, cuando sentí que me tomaban por los hombros y con una risa alegre de persona dichosa estallaba a mi lado mientras me decían en perfecto inglés: ¡Eulalia! tú aquí, y sin haberme ido a ver! Me volví sorprendida. Era la reina Maud que, acompañada de su única dama y en su único automóvil, estaba de compras (…) Hago mis compras yo misma –me explicó—porque me resulta más sencillo y me sirve de distracción. Además, no tengo a quien mandar”.

Siempre que le fue posible, Maud participó con interés en los grandes dramas familiares y dinásticos que acontecieron a su familia británica durante la década de 1930, y en octubre de 1934 se paseó orgullosa en un carruaje dorado por las calles de Londres al asistir al casamiento de su sobrino, el duque de Kent, con la princesa Marina de Grecia.

En mayo de 1935, la reina Maud realizó otro viaje a Inglaterra, para asistir al 25º aniversario de reinado de Jorge V, acudió al servicio religioso en la catedral de San Pablo y saludó desde los balcones del Palacio de Buckingham, reuniéndose con personajes que pronto capturarían las miradas del mundo entero: su sobrino Eduardo de Gales y sus sobrinas nietas Isabel y Margarita de York.

Así escribió posteriormente en una carta a su cuñada la reina María:Me puso muy triste cuando me fui de casa y los dejé a todos allí, pero me puse tan contenta de poder estar presente en el aniversario, me encanta que la gente demuestre tanta devoción por el querido Jorge y por ti, es tan conmovedor… y ¡estoy segura de que no pasa lo mismo en todos los países! Uno se siente orgulloso de ser británico…”

Los años no desgastaron la esencia bromista de la relación que el rey de Inglaterra y su hermana tenían desde niños. Como habían sido vecinos en Sandringham, el lugar preferido de ambos, tuvieron muchas oportunidades de verse cuando Maud residía en Appleton House. Un día, en una de sus caminatas, el envejecido rey no dejaba de molestar a su hermana. Cuando se dio cuenta de que Maud tenía un pañuelo especial para el perro, Jorge V comenzó a reírse de ella: “¿Dónde están las sandalias de madera para el can? No te olvides de sus pastillas para la tos”.

Por desgracia, el rey no hizo muchas bromas más, pues su salud comenzó a deteriorarse severamente y, de hecho, murió en enero del siguiente año. Este hecho convirtió a Maud en la última hija sobreviviente de la reina Alejandra y el rey Eduardo VII de Inglaterra. Maud asistió apesadumbrada, pero digna, a los suntuosos funerales de su hermano cubierta con un pesado velo de color negro.

Al siguiente año, Maud demostró su gran desazón al abdicar su sobrino, Eduardo VIII, al trono: “Me pongo demasiado triste de solo pensar que despreció y que renunció a todo por voluntad propia, todo por una mala mujer que lo ha hipnotizado… Me enteré de que cualquier inglés o francés que está en Montecarlo se levanta y se va cada vez que ella [Wallis Simpson] entra a algún lugar. Ojala que le duela”.

En mayo de 1937 viajó por enésima vez a Londres para asistir a la coronación de su otro sobrino, el duque de York, ahora Jorge VI, junto con su encantadora reina Isabel. Hasta entonces, en las cuarenta coronaciones de reyes ingleses que se realizaron a lo largo de 871, nunca una reina extranjera, viuda o reinante, había presenciado la coronación de un monarca extranjero, pero la reina María cambió aquella norma para que Maud, que tanto amaba Inglaterra, y era el último vínculo histórico con la era victoriana, asistiera el evento. Majestuosa, con un sencillo vestido dorado y una capa púrpura forrada de armiño en los hombros y con una espectacular tiara de diamantes, asistió a la coronación de sus queridos sobrinos: “Gracias a Dios”, dijo, “el querido Bertie e Isabel son tan unidos y se ayudan tanto, y la gente los quiere tanto…”

Para entonces, a los sesenta años, había pocos indicios de que la reina Maud estuviera mal de salud. A pesar de haber llevado una vida con muchos problemas físicos, producto de no poder adaptarse nunca al clima nórdico, fue una mujer muy activa y entusiasta y lució siempre una buena figura.

En cierta ocasión en que fue a esquiar con el rey Haakon a Nordmarka, una pareja, que no reconoció al rey, le señaló a la reina y le comentó “¡Mira cómo esquía esa jovencita!”. Haakon respondió: “Si, cuando la jovencita tiene sesenta años eso es esquiar muy bien”. La pareja preguntó: “¿De verdad tiene sesenta? ¿Usted la conoce?”. Y Haakon remató: “Si. Claro que la conozco, es mi esposa”.

En octubre de 1938 la reina Maud se fue a Inglaterra a visitar a sus parientes (que los últimos años habían sufrido la muerte del rey Jorge V y su hermana la princesa Toria, así como la abdicación de Eduardo VIII, su sobrino). En noviembre comenzó a sentirse mal y se internó en una clínica de reposo. Después de una radiografía, se decidió operarla de una obstrucción abdominal. El rey Haakon y la reina María de Inglaterra, su cuñada, estuvieron junto a Maud antes de la operación. Horas más tarde, el 20 de noviembre por la noche, falleció de un infarto.

Según la historiadora Julia Gelardi, la juvenil reina Maud, a sus 70 años, tenía vergüenza de ser tan anciana. Su cuerpo yació en la residencia de Malborough House, un imponente edificio cercano al Palacio de Buckingham, y luego se lo colocó a bordo del buque noruego Royal Oak, para ser trasladado a Noruega. “Nuestro gran Señor ahora me ha quitado a la Reina, lo cual es un duro golpe. Pero entiendo que hay una razón superior y que una fuerza sabia y amorosa ha hecho que esto suceda, para evitarle a la reina más sufrimiento y un futuro debilitado de la salud”, dijo Haakon, desconsolado.

A pesar de que Maud, hija y nieta de monarcas ingleses, había expresado su deseo de ser sepultada en Inglaterra, como reina de Noruega debía ser enterrada en el mausoleo de los reyes noruegos de la fortaleza medieval de Akershus, en Oslo, una excepcional construcción que, pocos años más tarde, durante la Segunda Guerra Mundial, los nazis utilizaron como prisión y lugar de ejecución. De regreso en Noruega, el primer ministro Johann Nygaardsvold anunció: “Quienes estuvimos más relacionados con la familia real sabemos que la reina tenía una personalidad cálida y generosa. El gobierno y yo personalmente, hemos aprendido a apreciar su intenso interés por Noruega y por su pueblo”.

Los homenajes rendidos en Inglaterra fueron igual de conmovedores. En la Cámara de los Lores, entre los muchos lores que ensalzaron la personalidad de la reina Maud, uno dijo: “La gente atesoraba su amistad, y, en su vida, abundaban el servicio y el ejemplo”. Otro reconoció que era una persona que adoraba muchísimo su país de nacimiento. Maud fue la última hija viva de la bellísima reina Alejandra de Inglaterra, la última princesa británica que fue reina de una nación extranjera y la última princesa susurrante.