“Hoy hay mucha gente en Versalles”: la guerra de María Antonieta y Madame Du Barry


El palacio de Versalles contuvo la respiración durante años a la espera de que la Delfina y futura reina reconociera la presencia de la controvertida favorita del rey.

En 1770, la joven archiduquesa María Antonieta, hija de la emperatriz de Austria, emprendió un largo viaje a Francia para casarse con el nieto y heredero del rey francés Luis XV, Luis Augusto. En el Castillo de La Muette, antes de llegar al palacio de Versailles, María Antonieta conoció a los más importantes nobles de la corte francesa y la mayor parte de la familia de Luis XV. Entre ellos figuraban tres princesas, Adelaida, Victoria y Sofía, hijas del rey, a quien un historiador describe como “tres solteronas beatas y malignas, de cuya virtud ni aun la peor lengua calumniadora osaría dudar”.

Amargadas por la ausencia de belleza, de influencia y de marido, las tres mujeres recibieron con mucho cariño a María Antonieta, a quien con sumo cuidado y discreción iniciaron en los asuntos más escabrosos de la corte: “el arte de la maledicencia, de la socarrona malicia, de la intriga subterránea, la técnica de los alfilerazos”, según el historiador Stefan Zweig.

Entre los demás asistentes a esta recepción de bienvenida, María Antonieta vislumbró una despampanante mujer, hermosa, exuberante y bien enjoyada. Se trata de Jeanne Becú (1743-1793), Madame Du Barry, la amante oficial del rey -la “maitresse en titre”- a quien Luis XV había invitado a sentarse a su lado. Antes, aquella mujer había sido una prostituta de gran categoría cuyos amantes incluyeron a su futuro esposo, el vizconde Du Barry, duques, condes y otros nobles de Francia.

JEANNE, MADAME DU BARRY

Ahora, sentada junto al rey, su presencia en esta cena familiar resultaba muy incómoda para todos, en especial para las tres hijas solteronas del monarca, que no soportaban a la favorita real. Las damas decidieron esa noche tomar a María Antonieta como su principal arma en la guerra cortesana contra Madame Du Barry.

Mesdames, que se habían opuesto a la alianza y habían formulado comentarios desagradables acerca de la pequeña austriaca, comprendieron que podían usarla como herramienta para luchar contra Madame Du Barry; fue una idea de Madame Adelaida, y no veía el momento de llevarla a la práctica (…) Sentía desprecio por la ex prostituta y la irritaba que su padre tuviera una amante. Creía que la Delfina también podía ser aprovechada para torturar la vida de madame du Barry y, quizás, incluso desalojarla”, escribió el biógrafo Olivier Bernier.

“La inexperta Delfina desconocía que en la corte las relaciones extraconyugales no estaban mal vistas y la presencia de amantes en Versalles no constituía ningún escándalo”, dijo la historiadora Cristina Morató.

Viena y Versalles, dos cortes muy dispares

MARÍA ANTONIETA DE FRANCIA

La madre de María Antonieta siempre había sido una mujer infeliz en su matrimonio. El esposo, el emperador Francisco de Lorena, era un mujeriego desvergonzado que la humillaba continua e indiscretamente con cuanta belleza se le cruzara por su camino. Como despecho ante su adúltero marido, la emperatriz María Teresa había instituido la “Comisión para la Castidad”, una oficina especial de la policía austríaca encargada de supervisar y perseguir el vicio en todas sus formas.

La piadosa y engañada emperatriz ordenó que aquellas patrullas puritanas recorrieran todos los rincones del imperio, se metieran en los teatros, en reuniones sociales e incluso en casas particulares. Todos aquellos hombres o mujeres que no tuvieran un comportamiento cristiano, eran arrestados, y los extranjeros acusados de corromper a los ciudadanos austriacos eran expulsados de inmediato. Algunos rumores indican que la propia emperatriz formaba parte de las patrullas recorriendo Viena en busca de su infiel marido.

Educada en la beata (y un poco hipócrita) corte vienesa, donde la gente pasaba la mayor parte del día rezando y arrepintiéndose de sus pecados, y donde las mujeres “públicas” como Du Barry eran castigadas, María Antonieta quedó absolutamente sorprendida con la presencia de esta dama. Desconocía, sin embargo, que la figura de la favorita real era casi una institución en Francia y que Luis XV era todo un mujeriego que, a pesar de tener una esposa, tuvo una gran colección de “amantes oficiales”. Como escribió Paul Reboux: “En ningún momento la perversión de las costumbres ha parecido más natural ni ha sido más generalizada. El amor era el único fin de la vida”.

María Antonieta se enteró que Luis XV no solo tenía una amante, sino que disponía de un verdadero “burdel” en una modesta casa comprada al señor Jean-Michel-Denis cerca de Versailles. Bautizado como Le parc aux cerfs («El parque de los ciervos») allí el rey contaba con un surtido grupo de jovencitas que desde la adolescencia sólo tenían un único cometido: estar siempre dispuestas a satisfacer al monarca. Cuando cumplían los dieciocho años, eran recompensadas con su matrimonio con un caballero de la corte.

Madame Du Barry, la reina de facto

JEANNE, MADAME DU BARRY

Instalada en Versalles, María Antonieta se convirtió en la dama más importante de la corte pero solo después de Du Barry, por lo que no dudó en declarar una estúpida guerra fría que desencadenaría, incluso, un conflicto diplomático. Fue necesaria la intervención de embajadores y cortesanos de alto rango para persuadir a la delfina de que fuera amable con la favorita, a quien el protocolo situaba detrás del rey. Para sorpresa de la delfina, incluso su piadosa madre la aconsejó de “tratar con cortesía a la amante del rey”, pero la futura reina no estaba dispuesta a rendir pleitesía a una antigua prostituta.

Hasta finales de 1768, el romance entre el rey y Jeanne se mantuvo en un discreto segundo plano debido al luto por la muerte de la reina María, pero poco a poco los nobles se percataron de la influencia iba adquiriendo la joven. Luis XV la instaló en un apartamento cercano al suyo, en Versalles. Su única misión “oficial” era pasar los días y las noches desnuda en la enorme cama del rey, que tenía una extensión de 1,80 m por 2,10 m de ancho y un dosel de cuatro metros y medio de altura. El rey la llenaba de regalos: pieles, perlas, zafiros, diamantes, esmeraldas, y hasta el palacio de Louvenciennes. Además, le concedió, además, el derecho de disfrutar un apartamento en todos y cada uno de los castillos y palacios reales y una cuantiosa pensión para mantenerse belleza y bien vestida.

LUIS XV DE FRANCIA

Inteligente, bien educada y dotada de excelentes modales, Jeanne parecía haber sido criada en la nobleza pero, a la vez, poseía las mejores virtudes de la gente humilde, condiciones que enamoraron al rey. Pero “aunque madame de Pompadour había sido criada y vivido en el ambiente de la sociedad financiera de París, que era bastante distinguido, tenía modales vulgares, y lo mismo podía afirmarse de su modo de hablar…”. “Es la única hija de Francia que ha encontrado el secreto para hacerme olvidar que soy sexagenario”, confesó el rey al duque de Richelieu.

En Versalles, Jeanne era la “reina”. Las doncellas la ayudaban a lavarse, vestirse y peinarse, tomaba un baño (cosa rara en aquella época), desayunaba café y se instalaba delante del tocador donde, cada día, desfilaban mercaderes que iban a ofrecerle sus tesoros: joyas, vestidos, pieles, perfumes, , maquillajes, adornos, pelucas… “Al fin entraba el rey”, escribe Reboux. “Y respiraba complacido esta atmósfera de perfumes mezclados. Discretamente, los cortesanos hacían sitio al soberano. Y entonces comenzaban entre Luis XV y la favorita una de aquellas conversaciones familiares en las que él se olvidaba que era rey y ella se olvidaba que era reina”.

María Antonieta, peón de las viejas tías

MARÍA ANTONIETA DE FRANCIA

En 1769, la corte quedó impactada ante la presentación oficial de Madame como la favorita oficial, que ocupó el lugar de la reina en todos los actos que se celebraban en la corte, e incluso era consultada en asuntos de Estado. Adelaida, Victoria y Sofía, detestaron desde el primer momento a Du Barry, quien era veinte años más joven y mucho más hermosa que ellas, y vieron en María Antonieta la oportunidad de venganza.

Un año después, María Antonieta escribió a su madre: “El rey es infinitamente bondadoso conmigo y lo amo cálidamente. Pero es una lástima que sufra esa debilidad por adame Du Barry, que es la criatura más estúpida e impertinente que uno pueda imaginar. Jugó a los naipes con nosotros todas las noches en Marly; dos veces se sentó a mi lado pero no me habló, y yo no intenté iniciar una conversación con ella”.

Luis XV se sentía especialmente preocupado y muy triste por el trato que la futura reina le daba a su amor. Al principio, María Antonieta había sido amable con la condesa, le hablaba muy cortésmente, y limitaba sus comentarios sobre “la criatura estúpida” al círculo de las tres princesas. Pero la delfina pronto llegó a la conclusión de que ella era la futura reina y que debía empezar a marcar sus reglas. De forma cada vez más evidente, comenzó a desairear a Du Barry, en público y en privado, lo que dio pie a cada vez más frecuentes murmuraciones entre los cortesanos.

Las dos mujeres, la favorita real y la futura reina, estaban condenadas a ser enemigas. En ausencia de una reina, la delfina era la mujer de mayor jerarquía en la corte. Según la etiqueta de Versalles, a las damas de categoría inferior les estaba prohibido dirigir la palabra a una mujer de categoría superior, sino que tenía que esperar respetuosamente a que la de categoría superior se la dirija. Por consejo e influencia de las maliciosas princesas, María Antonieta hizo uso de esta prerrogativa para demostrar públicamente su desprecio por Madame negándole el saludo en público y disfrutó mucho cuando se enteró de que Du Barry estaba desesperada por ser reconocida por la delfina.

“Fría, sonriente y provocativa, deja que la condesa Du Barry espere tiempo y tiempo su saludo; durante semanas, durante meses, hace que la impaciente se perezca por una sola palabra de sus labios. Naturalmente, los chismosos y los aduladores advierten pronto el caso; encuentran en este duelo una alegría infernal; toda la corte se calienta placenteramente al fuego atizado por las tías con el mayor cuidado (…); sólo ante ella María Antonieta frunce siempre un poco su labio habsburgués, levemente saledizo, no dice palabra y parece mirar, como a través de un vidrio…

STEFAN ZWEIG

Dos años a la espera del saludo real

JEANNE, MADAME DU BARRY

Aburrida hasta el cansancio, la joven austríaca pasó dos años enteros sin dirigirle la palabra a la favorita del rey y sin siquiera mirarla a los ojos. Pero actitud, muy infantil, empezó a enojar a su marido, al rey, a los nobles encargados del protocolo y hasta a su familia en Viena. La nociva influencia de ‘mesdames’ llegó a oídos de la emperatriz gracias a los espías que enviaba a la corte de su hija en Francia. Y llegó a escribirle una feroz carta a su hija para que deje de jugar con fuego:

No tienes que considerar a la Du Barry sino como a todas las restantes damas que en la corte son admitidas en el círculo del rey”, le escribió. “Como primer súbdito del rey, tienes que mostrar a toda la corte que ejecutas sin condiciones el deseo de tu soberano. Naturalmente que si te pidiese bajezas o deseara de ti intimidades con ella, entonces ni yo ni ningún otro te lo aconsejaría; pero ¡cualquier palabrita indiferente, no por la dama misma, sino por tu abuelo, tu soberano y bienhechor!”

María Teresa estaba convencida de que las hijas de Luis XV harían lo que fuera por desterrar a Du Barry utilizando la inocencia de María Antonieta y, al mismo tiempo, la inducirían a comportarse de tal modo que ella misma quedaría muy mal parada ante el rey: “Mesdames”, escribió, “a causa de la crianza que recibieron, son tímidas, y como carecen de todas las cualidades más gratas, las complacería ser imitadas por madame la Delfina”. En otra carta, la emperatriz le ordena a su hija: “Tienes que hablar con ella como con cualquier otra señora de la corte del Rey; nos debes eso al rey y a mí”. María Antonieta siguió, como siempre, los deseos de su corazón.

¡Esa mujer no oirá nunca más el tono de mi voz!

EJECUCIÓN DE MARÍA ANTONIETA DE FRANCIA

Pasaron los días y los meses y la Delfina se negó a saludar públicamente a la favorita, para deleite de la alta nobleza que protagoniza la declarada guerra de las dos mujeres. Zweig escribió: “Cada día encuentra a la favorita en bailes, fiestas, partidas de juego y hasta en la mesa del rey, y observa como la otra espera su saludo, mira con el rabillo del ojo y tiembla de emoción cuando la delfina se le acerca. Pero ¡que espere, que espere hasta el día del Juicio! (…) La guerra está ahora abiertamente declarada… Todos quieren ver y saber, y hasta se cruzan apuestas sobre cuál de las dos soberanas de Francia impondrá su voluntad, si la legítima o la ilegítima”.

La batalla terminó el 1 de enero de 1772, un día histórico en Versalles. Una tras otra, según su categoría, las damas de la corte desfilaron ante la delfina, quien saludó cálidamente a todas ellas, entablando una breve conversación con cada una. Al llegar el turno de Madame Du Barry, el silencio en palacio fue sepulcral. La delfina no miró a la favorita a los ojos, pero balbuceó sonoramente unas palabras como si las dirigiera a todos los presentes: “Hoy hay mucha gente en Versalles”. ¡Por fin! El cielo pareció abrirse en la corte y los funcionarios, diplomáticos y nobles respiraron aliviados. El rey abrazó emocionado a María Antonieta y Madame Du Barry se creía dueña del mundo.

Una vez en su habitación, la delfina murmuró amargamente al conde de Mercy: “Una vez le he hablado, pero estoy decidida a que la cosa quede aquí. Esa mujer no oirá nunca más el tono de mi voz”. Las amargadas tías estaban furiosas y se escondieron durante muchos días.

LUIS XV DE FRANCIA

Luis XV no vivió demasiado para disfrutar de la atmósfera de paz que reinaba desde aquel día en su gran palacio. Murió en mayo de 1774, días después de haberse despedido de su amante, quien no se había separado de su lado pese al riesgo de contagio de su enfermedad. El nuevo rey, Luis XVI, y la nueva reina, María Antonieta, odiaban a Du Barry y el mismo día de los funerales le enviaron la orden de retirarse como prisionera de Estado para cumplir con la última voluntad de Luis XV. Todos los cortesanos que la habían adulado se alejaron de ella.

Desolada, la prostituta que se convirtió en el gran amor de un rey emprendió en viaje absolutamente sola en un carruaje cubierto por cortinas y nadie salió a despedirla. Un año después de su encierro, Jeanne obtuvo del rey el perdón y el permiso para instalarse en París, donde se empecinó en vivir de acuerdo a su rango y lo único que logró fue acumular deudas. En la Revolución, Madame fue detenida y encerrada en la cárcel de Santa Pelagia en 1793 y corrió el mismo destino que la familia real a manos de los revolucionarios. Al igual que María Antonieta ese mismo año, Du Barry fue ejecutada en la guillotina y su último deseo, un minuto más de vida, no le fue concedido por el verdugo.