La historia de la reina Mercedes: un romance de leyenda que desafió a la razón política


PRIMERA PARTE | La “dulcísima” primera esposa de Alfonso XII conquistó a sus súbditos, que pasaron del sueño de una boda por amor a la pesadilla de una vida perdida a los 18 años.

Fue en la Navidad de 1872 en Randan, la residencia francesa de los duques de Montpensier, donde Alfonso, todavía un príncipe de Asturias, y su prima hermana María de las Mercedes se enamoraron a primera vista, según la leyenda. Alfonso tenía quince años y Mercedes tenía doce. De regreso en París, los jóvenes príncipes se vieron con cierta frecuencia, y antes de partir para Madrid para ser proclamado rey, Alfonso le dijo a Mercedes: “Nada ha cambiado para mí; si soy Rey tú serás mi Reina, y prefiero dejar de serlo, antes que dejes de ser mi mujer”.

María de las Mercedes de Orleáns era una jovencita bajita, de cara redonda, cabellos y ojos negros y un aire gracioso; no era hermosa, pero toda su persona respiraba ternura y su simpatía la hacía pasar por linda. El pueblo madrileño, cuando la conoció, la llamaría “carita de cielo”, acertando plenamente con este cariñoso mote.

La elección matrimonial de Alfonso XII sorprendió a la familia, fue un balde de agua helada para su madre y la mayor de las alegrías para el duque de Montpensier, padre de Mercedes y tío de Alfonso, quien soñaba con el trono. Alojada durante una temporada en el Alcázar de Sevilla, la desterrada y destronada Isabel II estaba bastante enfrentada con Montpensier y mostró su oposición a la boda con estas palabras: “El casamiento con la hija de Montpensier, no puedo aprobarlo, no porque la muchacha no sea buena, sino porque no quiero nada de común con Montpensier, además por ser esto repugnante al país”.

La negativa de Isabel II a este casamiento, más que una calentura del momento, debe inscribirse en las fundadas sospechas que existían de la intervención del intrigante duque de Montpensier en el asesinato del general Juan Prim, presidente del Consejo de Ministros, un crimen que estremeció al establishment político de España. Los argumentos de Alfonso para convencer a su madre fueron inútiles. Isabel II se negó a estar presente en la boda, pero el que sí asistió fue Don Francisco de Asís, con el único objeto de mortificar a su esposa.

La reina madre escribió luego una carta a su hija, Pilar: “Mucho siento no asistir a la boda de tu hermano; pero, como quiera que sea, con el corazón estaré con ellos y con toda mi alma les bendigo, deseando que tengan durante muchísimos años toda clase de venturas. ¡Qué monas estaréis con los vestidos que os he elegido y que os regalo! Hasta las flores [que adornaban los vestidos] las he elegido yo… Me figuro el placer que tendréis en volver a ver a vuestro padre; yo me alegro mucho de que vaya”.

La infancia sevillana de una futura reina

Sexta hija, quinta mujer, de una infanta española y de un príncipe francés, nieta de Borbones y de Orleáns, descendientes de los Borbones de España, de los de Parma, y de los de Nápoles, nadie sabía, un 24 de junio de 1860, que la niña nacida en la primavera de Madrid despertaría pasiones, enamoraría a un rey, sería amada y llorada por toda una nación y su memoria se extendería en el paso del tiempo, haciéndola protagonista de un cuento de hadas, acaso el único que ha tenido la monarquía española.

Mercedes pasó su infancia en Sevilla, ciudad por la que sintió siempre una especial predilección. A lo largo de su corta vida le quedaría siempre el acento sevillano y la gracia y la simpatía de las mujeres del sur español, porque toda su infancia transcurrió entre las residencias que sus padres poseían en la mencionada Sevilla, en Sanlúcar de Barrameda y Villamanrique, en la hermosa finca andaluza donde los infantes pasaban sus temporadas de descanso.

Muchas son las descripciones que existen de la futura reina de España en sus años de adolescencia, aunque para obtener una imagen más completa de ella se puede recurrir a la descripción hecha por su futura cuñada, la infanta Eulalia, en sus Memorias: “Los ojos oscuros y grandes, sombreados por lindísimas pestañas, el pelo negro como de pura andaluza y la piel mate, suave y delicadísima, la hacían el prototipo de la garbosa española, a la vez llena de finura y aristocracia (…) Era una mujer altiva, llena de misteriosa sugerencia, dulce en el hablar meloso, que se había hecho al acento andaluz”.

Carita de Cielo

Tras algunos años en Francia, Mercedes regresó a España con su familia después de que se hubiera devuelto la corona a la dinastía Borbón, en la persona de Alfonso XII, instalándose con su familia en Sevilla, en el Palacio de San Telmo que ya había sido la residencia familiar. Dos años antes, en 1872, Mercedes y Alfonso XII habían iniciado una relación amorosa, en ese encuentro que el padre de Mercedes mantuvo con su gran enemiga, Isabel II, en Randan.

Llevaban los cuñados reconciliados apenas unos meses, y aquella fue la primera visita en años. Al ver a Mercedes, Doña Isabel exclamó: “¡Cómo ha crecido esta niña, si parece ya una mujer!” Fernando González-Doria, en su libro Las Reinas de España, escribe: “Mercedes de Orleáns ha crecido a sus doce años todo cuanto tenía que crecer, y ya no ganará nada más en estatura… Es una mujer bajita, de cara muy redonda, cabello y ojos negros, como los de su madre, y tiene un aire muy gracioso, por lo que, si es faltar a la verdad que fue bella, sí podía decirse perfectamente que resultaba linda y gentil. El pueblo madrileño le iba a adjudicar más tarde un sobrenombre muy certero: carita de cielo”.

Tres días pasaron la Reina Isabel y su hijo en Randan. Mercedes, que antes de conocer a su primo había comentado con zumbonería andaluza: “espero que no sea demasiado mandón y no nos tiranice con sus aires de heredero”, cambió pronto esta frase por una despedida más esperanzadamente: “Un día te llamarán los españoles y te despertaras siendo rey, y todos regresaremos a España”. Nunca olvidaron los jóvenes aquellas Navidades en Randan. Alfonso confesó más tarde: “Ella apareció ante mis ojos como la imagen de la felicidad y de la virtud”. Y Mercedes le habló siempre de su posible entrada triunfal en Madrid: “… te arrojarán flores desde los balcones y tú irás montado en un caballo blanco, completamente blanco…”

Así lo cuenta la biógrafa Ana de Sagregra: “Un día paseaba la infantita por el jardín de palacio cuando se acercó a las tapias una gitana solicitando una limosna; generosa, la princesa miró en su faltriquera [bolsillo] y depositó en la mano de la vieja todo su contenido. La mendiga, bendiciéndola por aquel rasgo de caridad, tomó su mano y, contemplando la palma, exclamó: «Veo en tu mano una corona de reina. Veo que serás coronada por gracia de tus virtudes y por virtud de tus gracias; un rey y un pueblo estarán de rodillas a tus pies… Pero, ¡oh!». Y la vieja, lanzando un grito de pavor, desapareció corriendo”.

Los sentimientos de Alfonso, ya rey, hacia su prima fueron pronto de dominio público, aunque el monarca sólo se lo confiase a su hermana la infanta Isabel, a Cánovas del Castillo, presidente del Consejo de Ministros, a quien, dicho sea de paso, no gustó para nada la idea de tener una Montpensier como reina. Ni que decir tiene cómo le sentó el noviazgo a Doña Isabel II. Con aquella personalidad arrolladora, toda genio y corazón, la “Reina castiza” no ocultó el disgusto que le produjo este enamoramiento de su hijo y heredero. Aunque en público manifestó aquello de “contra la muchacha no tengo nada, pero con los Montpensier no transigiré jamás”, entre sus íntimos no dejó de decir que Mercedes le parecía “una mosquita muerta”.

Para entonces, los Borbones estaban establecidos en España. Hasta Isabel II, siempre tan temida y vigilada por Cánovas. Los Montpensier pasaban el verano en La Granja, mientras que desde El Escorial, Alfonso XII hacía frecuentes escapadas a Segovia para ver a Mercedes. El 13 de septiembre de 1877, la infanta Paz escribió en su diario: “Acabo de volver de un largo paseo con Alfonso. Hace dos días que está aquí, y nos ha prometido quedarse más tiempo. El pobre está muy enamorado de nuestra prima Mercedes; pero ni al Gobierno ni a mamá les gusta este casamiento. Espero que se resuelva felizmente esta cuestión…”

Dos días más tarde, Pilar escribió: “Ayer mañana nos dijo Alfonso que quería hablar seriamente de su boda con mamá y que no marcharía de El Escorial antes de que se hubiera tomado una resolución. Por la tarde vi en los ojos de mamá que había llorado, y Alfonso nos dijo que todo estaba en orden y que al día siguiente vendrían de La Granja los tíos Montpensier con las primas”.La reina madre, desaprobando el noviazgo, regresó a París, mientras que Alfonso XII, terco y enamorado, siguió obstinado en su matrimonio. Y con él, el pueblo español recibió la noticia de sus amores con extraordinario alborozo. Les encantaba a los españoles que el rey se hallara perdidamente enamorado de una princesa española, y estuviera enfrentado, por su amor, a las opiniones de su madre, del Gobierno y de numerosos miembros del Congreso, enemigos de que Montpensier sea suegro del rey. España por fin tenía su cuento de hadas.

Los ángeles no se discuten

A pesar de la oposición de Isabel II y de la preferencia del gobierno por un matrimonio con alguna princesa europea (una de las candidatas deseadas fue la princesa inglesa Beatriz), se impusieron los deseos del rey. El 28 de noviembre de 1877, el monarca cumplió veinte años, y comunicó al gobierno que había llegado la hora de casarse y que su esposa sería la infanta María de las Mercedes, Y siguiendo las regias instrucciones, el político inició los trámites exigidos por la Constitución, solicitando la debida dispensa a Roma, ya que los futuros esposo eran primos carnales.

El 12 de diciembre, el duque de Sesto y el Marqués de la Frontera -representando al Rey- pidieron a los Montpensier la mano de su hija, a lo que Don Antonio accedió encantado. Fuera de todo protocolo, la noche anterior se había recibido un telegrama en el Palacio de San Telmo, la residencia sevillana de los Montpensier. En este telegrama, Alfonso XII le dijo a su tío:

Nuestro muy caro y amado tío: Después de meditar por Mí propio el asunto con todo el detenimiento que su importancia merece, y oído Mi Consejo de Ministros, he resuelto, de conformidad con su dictamen, contraer inmediatamente matrimonio; y siéndome tan conocidas las altas prendas que adornan a la Infanta de España Doña María de las Mercedes de Orléans y Borbón, hija vuestra y Mi prima, no he titubeado en elegirla por esposa, seguro de que, mediante el divino auxilio, será ésta unión dichosa para los dos y útil a la nación nobilísima cuyos destinos tengo a Mi cargo. Vivamente deseo, por tanto, que Mi muy querida prima consienta este enlace, y que vos y Mi muy cara y amada tía, vuestra esposa, me otorguéis su mano, con cuyo fin lleva y os entregará esta carta el Marqués de Alcañices y de los Balbases, Duque de Alburquerque, Mi Mayordomo Mayor, esperando que vuelva con la respuesta tan pronto como ya anhela mi corazón. Madrid, diciembre de 1877. Vuestro sobrino, Alfonso”.

El duque de Montpensier remitió a Madrid dos telegramas, de los cuales el primero, más formal, es el siguiente: “Alcañices desempeñó admirablemente su comisión y sale mañana domingo para Madrid, llevándose las contestaciones más favorables; todos rebosando en alegría, y más que nadie, tu respetuoso tío, que tanto te quiere. Antonio de Orléans”. El segundo telegrama tiene un tono más familiar: “Sabes que la contestación a tu carta será un Sí, como lo deseas y lo desea también tu respetuoso tío y afectísimo tío”.

Mercedes escribió a la directora del colegio Asunción, donde estudió, para darle la novedad del compromiso: “Segura del profundo cariño que hacía mi siente usted, mi querida Madre, me es grato comunicarle, llena de regocijo, que se abre ante mí un porvenir radiante de venturas inacabables y de dicha sin ocaso, en una alianza que no está inspirada por meras razones de Estado, sino que obedece a la elección hecha libre y espontáneamente por el corazón hidalgo del joven monarca”.

Recibida la contestación favorable, el rey decidió pasar las Navidades en Sevilla con su amada. Alfonso XII dirigió a la Comisión del Congreso de los Diputados un discurso con motivo de su enlace, a lo que un diputado respondió con un tierno discurso: “Señores, podemos seguir discutiendo de todas esas cosas, pero jamás voy a discutir sobre la infanta Mercedes, porque los ángeles, señores diputados, no se discuten”. Los diarios recogían, a su vez, el clamor popular: “El joven soberano se casa enamorado y esto se percibe hasta en la atmósfera madrileña, que está envuelta en aroma nupcial”.

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