La historia de la reina Mercedes: del cuento a la pesadilla, del trono a la tumba


SEGUNDA PARTE | La “dulcísima” primera esposa de Alfonso XII conquistó a sus súbditos, que pasaron del sueño de una boda por amor a la pesadilla de una vida perdida a los 18 años.

Desde el primer momento la prensa vistió el compromiso del rey Alfonso XII de España con María de las Mecedes de Borbón con las gasas del amor triunfante sobre las razones políticas, cuando los más recientes historiadores parecen coincidir en que más bien hubo una conjunción de ambas cuestiones. Pero para la monarquía española la boda fue algo más serio. El reinado y el exilio de la reina Isabel II habían creado en la opinión pública un rechazo de la institución que con la llegada de Alfonso XII se había conseguido aliviar. El hecho de que el joven rey decidiera contraer matrimonio con su prima carnal pasó a ser una cuestión menor en el aprecio popular, si se comparaba con el hecho de que su prima era una sevillana.

Atrás quedaban años de enfrentamientos entre el duque de Montpensier, padre de la novia, y su cuñada la ex reina Isabel II, con la sucesión del trono por medio, y también la negativa materna -de Doña Isabel- a que su sucesor se casara con una hija de su enemigo más acérrimo. Para el pueblo, aquellos enfrentamientos no eran nada comparados con la alegría que suscitaba ahora el hecho de tener una española como reina, la primera en varios siglos. Una vez fijada la boda para el 23 de enero, la Corte y los duques de Montpensier se dispusieron a hacer todos los preparativos para el acontecimiento.

Doña Mercedes cuidó con todo detalle los preparativos de su enlace, teniendo especial cuidado en todas las decisiones que tomaba. Así, su equipo de bodas fue confeccionado íntegramente en España, al igual que su traje de novia. La ceremonia nupcial se celebró en la madrileña Basílica de Atocha, siendo los padrinos el rey Francisco de Asís y la reina María Cristina, abuela del novio, que enfermó esa mañana y estuvo representada por la princesa de Asturias, Isabel. A la boda le siguió un banquete y varios días de celebraciones diversas en la Villa y Corte. La nueva reina no tenía aún 18 años; Alfonso XII acababa de cumplir los veinte. Para ambos era su primera relación sentimental y las razones de Estado se compaginaron muy bien con las del corazón.

La boda fue celebrada por el pueblo español como si de una fiesta familiar se tratara: bailes, corridas de todos, ferias. Por primera vez unos sorprendentes globos iluminaron con aquella novedad llamada luz eléctrica la Puerta del Sol, las Fuentes de Neptuno, Cibeles y el Paseo del Prado. La mayoría de las Diputaciones Provinciales decretaron alguna construcción para la provincia con motivo del enlace real: carreteras, hospitales, iglesias, escuelas, etc. Madrid, por su parte, se vistió de gala y durante semanas se realizaron diversas obras para que la capital luciera en todo su esplendor. Del mismo modo se concedieron algunos indultos con motivo del enlace real. El mismo día, y para que el pan no faltara en ninguna familia, por pobre que fuera, éste se incluyó como limosna en el programa de actos públicos.

El día de la boda, con Madrid totalmente engalanado, la felicidad de la joven pareja era tan obvia y espontánea que transmitía a todos una embriagadora sensación de pura felicidad. La popularidad de la “Reina Niña” con sus parientes políticos ayudó a curar los restos de muchas disputas dinásticas y el placer total y natural de la familia real tuvo efectos beneficiosos para el país y en la corte. Todo pareció perfecto y España respiraba por fin, aliviada, después de amenazas militares, guerras, exilios y crisis dinásticas. Pero el sueño duraría apenas cinco meses.

¿Dónde vas Alfonso XII?

La nueva reina, única hasta el momento que nació y murió en Madrid, atendió sus deberes de soberana y recibió entusiasmada la idea de un gran templo para cobijar a su querida Patrona, que también contó con las simpatías de su suegra la Reina Isabel, quien donó para ella parte de sus joyas. La Reina Mercedes cedió para tal fin los terrenos adyacentes a la Plaza de la Armería, del Palacio Real de Madrid, para así poder ver desde su ventana la silueta del templo. Al tiempo, su comenzó a resentirse. A la joven reina le fue diagnosticada una tuberculosis que la debilitó día a día. A finales de febrero Mercedes comunicó a Alfonso XII y al Gobierno que estaba embarazada, pero el 28 de marzo sufrió un aborto del que no volvió a recuperarse.

La pérdida de su hijo la fue consumiendo. Un hijo era lo que Mercedes más ansiaba en esta vida, y para el que incluso ya había elegido nombre, Fernando. En una carta fechada en abril de 1878, Mercedes anunciaba a su abuelita, la Reina María Cristina, que se estaba recuperando de un aborto: “Podrá usted figurarse lo mucho que he sentido el percance que tuve, ya estoy completamente bien y quiera Dios que a la próxima no suceda lo mismo”. No hubo, sin embargo, próxima vez, y a partir de este momento, fue haciéndose evidente su trágico final. Mercedes pasó los últimos meses de su vida consumiéndose lentamente y sabiendo que no le quedaba otra salida que la muerte.

A partir de mediados de mayo su estado empeoró, y aunque ella intentó disimular acudiendo a actos públicos, Madrid entero supo que su reina ya se iba. Su última aparición pública fue en el estreno de la obra “Consuelo”, de López de Ayala, en el Teatro Real. El público, que empezaba a sospechar de la precaria salud de la soberana, le tributó una clamorosa ovación. A partir de los primeros días de junio se recluyó en palacio, para encamarse definitivamente el día 18, cuando se le presentaron una altísima fiebre tifoidea acompañada de hemorragias intestinales. Los médicos no vieron entonces ninguna posibilidad de salvar su vida. El día 24 de junio las salvas de ordenanza saludaron el cumpleaños dieciocho de la reina, mientras el cardenal primado la ungió con los Santos Óleos. El prelado llegó a preguntar a la reina: “¿Sentiría Vuestra Majestad dejar este mundo?” Y Mercedes, intentando sonreír, respondió con sencillez y con pena: “Sí, eminencia, lo sentiría, sobre todo por Alfonso…”

Cuando el día 25 se facilitó el informe médico en términos desesperantes, el pueblo de Madrid cerró espontáneamente cafés y espectáculos y se fue concentrando silencioso en torno al palacio. En la madrugada del día 26, Mercedes se encontraba ya al límite de su capacidad de resistencia. Mostrando una palidez cadavérica, los rasgos de su cara se fueron afilando a la vez que adquirían ese tinte mortecino. Apenas se percibía su respiración, no se movía y no reconocía a nadie. Alfonso XII tomó su mano, sin lograr reanimarla. Los Montpensier se arrodillaron, para rezar entre lágrimas, junto a las infantas Isabel, Pilar, Paz y Eulalia, que pasaron horas postradas de rodillas en la alcoba. Diez minutos después de las doce, Mercedes murió.

Cinco cañonazos transmitieron la luctuosa noticia a la ciudad de Madrid, sumida en una conmoción general. Había muerto la soberana española que menos tiempo ocupó el Trono de San Fernando: ciento cincuenta y cuatro días. Su agonía había sido larga y muy dolorosa, y así lo relataría Cortés Cabanillas: “Alfonso tenía entre sus manos las de la moribunda, sin separar la vista de su cara pálida y consumida. A las doce murió. El rey se desplomó sobre el cuerpo bienamado, mientras los bronces de las campanas y los cañones y los cañones anunciaban la muerte de la soberana, y el gentío estacionado frente al Alcázar prorrumpía en sollozos”.

Dice un cronista de la época que el Rey Alfonso se encerró en sus habitaciones: “lloraba como un niño; no quería, sin embargo, que nadie viese el dolor profundo de un monarca que era, ante todo, un hombre”. La muerte fue anunciada con cien cañonazos, mientras las campanas de la capital tocaban a muerte. Todo Madrid lloró con la noticia, cerrándose comercios, teatros y plazas de toros, mientras el desconsolado rey, lloroso, repetía: “¿Para qué habré conocido la felicidad?”. Hartzenbusch, célebre poeta, lo plasmaría así en unos versos: “La triste nueva de su fin recibo. ¡Era flor de virtud, joven y bella! Yo, viejo inútil vivo. ¡Quién fuera digno de morir por ella!”.

Por otra parte, así lo narra la infanta Eulalia, testigo de excepción de los acontecimientos: “Aquella historia de amor era quizá demasiado bella para ser duradera. Fue una continua luna de miel que duró seis meses escasos, y terminó con la muerte de la joven reina después de una agonía larga y terrible, abriendo ancho paréntesis de luto en la Corte de España, que lloró sinceramente a la reina de los lindos ojos con el mismo dolor que el pueblo español, que la adoraba por linda, por buena y por española”. La Familia Real decidió no embalsamarla, amortajándola con el hábito blanco de las monjas de La Merced, tal y como había manifestado durante su agonía.

La reina efímera, que no dejó un hijo para la nación, originó en su época romances que cada niño español aprendería casi en la cuna: “¿Dónde vas, Alfonso XII? ¿Dónde vas, triste de ti…? Voy en busca de Mercedes, que ayer tarde no la vi. Tu Mercedes ya se ha muerto, muerta está que yo la vi, cuatro duques la llevaban por las calles de Madrid”.

López de Ayala, presidente del Consejo, lleno de emoción, anunció la muerte de la reina ante las Cortes con suma emoción: “Nuestra cálida y bondadosa Reina Mercedes ya no existe. Ayer celebramos sus bodas; hoy lloramos su muerte…”. El pueblo desfiló incrédulo por el Salón de Columnas del Palacio Real, donde se instaló la capilla ardiente de la reina. Casi setenta mil personas desfilaron por allí para rendir un último homenaje a la reina “carita de ángel”, ahora atrozmente desfigurada dentro de su ataúd.

El 28 de junio, casi nadie en Madrid dejó de salir a la calle para ver salir el cortejo fúnebre desde el Palacio en dirección a El Escorial. Por decisión del rey, los restos de su amada -“aquel ángel que está en el cielo”- fueron llevados en ferrocarril al Monasterio de El Escorial, para ser sepultados en el Panteón de Infantes, y no en el Panteón de Reyes, reservado únicamente a las reinas que hubieran tenido descendencia. Una blanca lápida de mármol cerraba el sepulcro con esta entrañable inscripción: «María de las Mercedes, de Alfonso XII la dulcísima esposa».

El dolor de Alfonso XII fue sincero, como lo atestigua la infanta Eulalia: “Costó esfuerzos sin cuento hacerle abandonar El Escorial (…). Desde entonces cambió el carácter de mi hermano, y adquirió la falsa alegría de quienes ocultan una profunda tristeza (…). Tanto cambió su carácter, que todo, en él, producía la impresión de quien adquiere un forzado sentido de la vida, una falsa alegría que oculta verdaderamente una melancolía que jamás haya de superar”.

Prohibido estrictamente copiar completa o parcialmente los contenidos de MONARQUIAS.COM sin haber obtenido previamente permiso por escrito y sin incluir el link al texto original. Puede encontrarnos en Facebook o Instagram.