Efeméride: Carlos I, el último emperador de Austria, abdicó hace 102 años


El 11 de noviembre de 1918, Carlos I de Habsburgo, Emperador de Austria y Rey de Hungría, firmó su abdicación al trono imperial en el palacio vienés de Schönbrunn. Al día siguiente, el partido de los Cristianos Socialistas, devotamente católico y dirigido por el arzobispo de Viena, proclamó el final de la monarquía dual austrohúngara y el inicio de la República de Austria, lo que supuso el final definitivo del reinado de los Habsburgo.

El nuevo gobierno anunció al emperador y la emperatriz Zita que debían abandonar el país. Hallaron refugio en Suiza, pero como no habían querido colocar ni un centavo de su fortuna en el extranjero, su situación fue lamentable. Sus antiguos súbditos ofrecieron a la pareja imperial 184 millones de francos suizos a cambio de una declaración formal por la cual Carlos renunciaría en nombre propio y de sus descendientes a sus derechos dinásticos, pero Carlos eligió la pobreza.

Nacido en 1887, Carlos I fue el último Habsburgo que se sentó en el trono de Austria, pero no estaba destinado a reinar, ya que era un sobrino nieto del emperador Francisco José. A los dos años de su nacimiento, se suicidó en Mayerling el archiduque heredero Rodolfo, hijo del emperado, por lo que la línea hereditaria, tras otros eventos luctuosos, pasó al sobrino del emperador, Francisco Fernando. El asesinato de este heredero en 1914 convirtió a Carlos en el insospechado heredero del emperador.

El 21 de octubre de 1911, en el mismo palacio de Schwarzau donde se habían conocido, Carlos contrajo matrimonio con la joven princesa Zita de Borbón-Parma, de 19 años. El viejo y cansado emperador Francisco José exultaba de alegría: «¡Por fin un archiduque se casa con la princesa adecuada!» El monarca regaló a la novia una fabulosa diadema de brillantes mientras la duquesa viuda de Parma ofreció a su hija un collar de perlas de veintidós vueltas. El Papa Pío X, desde Roma, pronunció una bendición que más parecía una maldición: «Zita será emperatriz, peor para ella«.

En marzo de 1919, el último emperador Habsburgo de Austria, Carlos I, y su familia abandonaron Austria para instalarse en el castillo suizo de Wartegg, propiedad de la duquesa de Parma. A partir de entonces regresó dos veces de incógnito a su antiguo imperio hasta que los Aliados le recomendaron irse a la isla de Madeira, donde una pulmonía, causada por la falta de ropa de abrigo, mató al emperador a los 34 años en 1922. Sólo el rey español Alfonso XIII se preocupó por la suerte de la emperatriz viuda, Zita, que estaba embarazada, y sus siete hijos, quienes fueron de inmediato recibidos en el Palacio Real de Madrid. Allí se conserva todavía la proclamación del pequeño archiduque Otto, de 11 años, como Emperador de Austria y Rey de Hungría.

Los socialistas en el poder emprendieron una campaña infame y de odio en contra de la familia imperial que culminó con la proclamación de las «Leyes Habsburgo» en abril de 1919, pocos días después de que Carlos abandonara Austria, que establecieron el destierro eterno de la dinastía y la confiscación de sus bienes. «La presencia de los Habsburgo conlleva un continuo peligro para la República», decía un diario, mientras otro calificaba a Carlos de Habsburgo de ladrón, acusándolo de haberse llevado las joyas de la dinastía.

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