Hace 100 años murió María Alejandrovna, la más duquesa de todas las duquesas


Gran duquesa de Rusia por nacimiento, duquesa consorte de Edimburgo y Sajonia-Coburgo-Gotha por matrimonio, la nuera de la reina Victoria jamás olvidó su alta posición real.

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Hace 100 años, el 24 de octubre de 1920, murió en Zúrich María, duquesa de Sajonia-Coburgo y duquesa de Edimburgo, figura más que esplendorosa de la era victoriana que sobrevivió poco a la tragedia de la caída del Imperio Ruso.

Nacida en San Petersburgo en 1852, era la hija del zar Alejandro II y se casó con el príncipe Alfredo, hijo de la reina Victoria de Gran Bretaña. Los historiadores remarcan que la gran duquesa María nunca encajó bien en la corte británica por sus bien merecidos “aires de superioridad” que la llevaron, hasta el final de su vida, a hacer valer su tratamiento de Alteza Imperial recibido por nacimiento, frente a sus cuñadas, que eran solo Altezas Reales. La gran duquesa tampoco se sentía intimidada por la reina Victoria, que solía dominar en extremo a su familia: “Si se le da un buen susto, termina guardando las uñas“, escribió en una carta.

Entre sus hijos, destaca la que sería más tarde la reina María de Rumania, quien recordó así a su madre en sus memorias: “Era mamá quien decidía las cosas. Mamá a quien consultábamos, mamá quien nos daba el beso de las buenas noches, mamá quien nos llevaba a hacer caminatas y excursiones. Era mamá quien nos regañaba o nos elogiaba, quien nos decía lo que debíamos hacer o no hacer. Mamá nos quería con pasión. Toda su vida estaba dedicada a sus hijos: éramos el interés supremo y central de sus existencia”. “Era… el soberano reinante de su casa, el que nos hacía sentir que poseía el poder sobre el bien y el mal”. agregó la reina.

FOTO: INSTAGRAM / MAIAROLORIN

El historiador Ghislain de Diesbach escribió sobre la gran duquesa: “Muy imbuida en su imperial origen, no había ella podido nunca habituarse a no ser en Inglaterra más que la esposa de un segundón de la casa real, y se mostraba desdeñosa con sus cuñadas. Había tascado el freno mucho tiempo, añorando las nieves de su patria entre las nieblas inglesas; y cuando su esposo fue llamado a la sucesión al trono de Sajonia-Coburgo-Gotha, marchó a reinar a Coburgo, encantada de poder al fin satisfacer su ansia de dominio. Hasta su muerte, estuvo persuadida de que no había nada más agradable en el mundo a que ser una gran duquesa rusa; y no dejaba nunca de recordárselo a los que se olvidaban, en la conversación, de darle el tratamiento de Alteza Imperial”.

“Su marido murió en 1900, y su hijo desapareció prematuramente un año antes, lo cual hizo pasar la sucesión de Coburgo a su sobrino, el príncipe Carlos-Eduardo, hijo de su cuñado, el duque de Albany. Ella no sobrevivió a la guerra de 1914-1918 más que para ver la supresión de su antiguo ducado y el derrumbamiento del imperio ruso; pero en la modesta ‘villa’ de Suiza en donde se había refugiado, conservaba toda la soberbia que había mostrado antes en los tiempos de su esplendor. Aseguran que murió de la conmoción sufrida al recibir una carta oficial del nuevo gobierno alemán, dirigida, sin otra forma de ceremonia, a ‘Frau Coburg’”.

Una persona que visitó a la gran duquesa en sus últimos años fue su sobrina la gran duquesa María Pavlovna, quien relató en sus memorias: “Nuestra estancia en Tegernsee, un paraje encantador, fue muy placentera. Mi tía, María de Sajonia-Coburgo, a pesar de su brusquedad, con la que intimidaba a cuantos se le acercaban, era una persona de elevado espíritu y no exenta de de un cierto humorismo que bordeaba en ironía. Ella no ocultaba jamás sus opiniones y decía siempre lo que se le venía en boca; una cualidad muy rara entre nosotros, y aunque se le echaba en cara, bien que bromeando, su empecatado orgullo, sus hermanos sentían por ella un gran respeto”.

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