La burguesa vida de Gustavo V de Suecia, el rey tenista

La burguesa vida de Gustavo V de Suecia, el rey tenista

El monarca alcanzó tal prestigio internacional que su nombre fue incluido en el Salón Internacional de la Fama del tenis en 1980.

Gustavo V (1932-1950) fue el mejor colaborador y consejero de su padre en cuestiones políticas, pero carecía de la vivacidad de los Bernadotte, era tímido, reservado y reflexivo. Se negó a ser coronado, alegando que al pueblo no le hacía falta semejante gasto, sus primeros años como rey fueron tormentosos, debido al debilitamiento del poder de la Corona y el avance de las fuerzas democráticas.

Gustavo se casó con la princesa Victoria de Baden, nieta del káiser Guillermo I de Alemania. Arreglado por sus padres, el matrimonio no fue del todo afortunado, pero parece que la relación mejoró en los últimos años. Tuvieron tres hijos, de los cuales el mayor, Gustavo Adolfo, sería el heredero del trono.

Al subir al trono, el sencillo Gustavo V dio prueba de inmediato de su espíritu democrático, de su llaneza y profundo interés por el bienestar y los deseos de la gente. Su manera de vivir fue ejemplo de sencillez. Mantuvo particularmente la tradición de conversar a solas una vez por semana con algunos de sus súbditos, con el común de la gente, a fin de informarse. Nunca infringió la Constitución y siempre pugnó por la paz; bajo su cetro, Suecia, un país agrícola y pobre por excelencia, conoció una industrialización y progreso económico envidiadas por Europa.

Fue rey durante cuarenta y dos años. Además, fue un destacado jugador de tenis, deporte que aprendió en su memorable viaje a Inglaterra en 1876, y donde utilizaba el seudónimo de “Mr G”, a fin de no imponer a nadie las molestias de la deferencia debida a la realeza. A su regreso a Suecia, fundó el primer club de tenis del país.

Alcanzó prestigio internacional y su nombre fue incluido en el Salón Internacional de la Fama del tenis en 1980. En ese tiempo, el tenis era un deporte de escaso prestigio en Suecia, pero la participación del monarca hizo que aumentara su popularidad. En sus viajes a la Riviera Francesa, fue visto jugando en múltiples ocasiones y durante la Segunda Guerra Mundial intercedió ante Hitler para obtener mejor trato hacia los campeones Jean Borotta y Gothfried von Cramm, prisioneros de los alemanes.

Al estallar la Segunda Guerra, Suecia se halló a merced del III Reich durante todo un año. Gustavo V puso en juego toda su autoridad y amenazó con abdicar si el gobierno se negaba a permitir el tránsito de una división alemana por territorio sueco. Debió ceder a la presión del Führer, no sin antes advertir a Berlín que Suecia haría frente con todas las armas a toda agresión.

Después de la victoria aliada de El-Alamein, Gustavo V pudo apoyar a los países vencidos ocupados y a Inglaterra. Haciendo uso de su talento diplomático, el rey Gustavo se ofreció en agosto de 1940 como mediador en posibles negociaciones de paz entre el Reino Unido y Alemania, y en su cumpleaños 85, en 1943, admitió que en casos normales un monarca constitucional debe mantenerse neutral en los aspectos políticos, pero en casos especiales, como en una guerra, estaba obligado a ayudar a su país frente a todas las adversidades. Personalmente, intercedió ante el Almirante Horthy y Adolfo Hitler a favor de los judíos perseguidos en Hungría, noruega y Dinamarca.

Si por algún fenómeno extraño estallara una revolución en Suecia, si por otra casualidad no menos extraña obtuviera el triunfo, el gobierno depuesto ofrecería un banquete al triunfador”. La frase es nada menos que de Lenin, y la misma señala el espíritu de ese notable reino donde los diputados no tienen limitado el uso de la palabra en el Parlamento, por cuanto nadie nunca ha abusado de su derecho. ¿Para qué limitar el tiempo?, respondieron asombrados en Estocolmo a la pregunta de un  periodista. Aquí a nadie se le ocurriría hablar más de lo necesario.

Esa sencillez, ese sentido activo y respetuoso de la vida fue encarnado siempre perfectamente en la figura del augusto Gustavo V, quien supo –como todos reconocieron– ser rey, y ser un hombre justo.

La figura de Gustavo V se convirtió en algo inmensamente popular en todo el país. Alto, macizo, metódico, sobrio, luteranamente abstemio, llegó a sus noventa años con lúcida gallardía. Aun iba de caza, calzando viejas botas de caucho bajo los copos de nieve, aún presenciaba los campeonatos de esquí y pasaba sus vacaciones de verano en Francia. Después de la guerra, Gustavo V comenzó a viajar frecuentemente a Niza, en la Riviera francesa, donde permanecía largas temporadas.

El “gran anciano del castillo” pudo, hasta que su enfermedad lo obligó a recluirse definitivamente, pasear por las calles de Estocolmo como un ciudadano más. Así se lo vio muchas veces en restaurantes, cafés, respetada su soledad por el público y sin que nadie se atreviera a incomodarlo con una mirada curiosa. “Mi guardia personal es el pueblo sueco”, dijo una vez al emperador Alejandro II de Rusia, muerto a manos de sus propios súbditos.

En 1948 celebró sus 90 años con una grandiosa celebración, pero ya era evidente su debilidad física. Por entonces, los médicos le prohibieron jugar al tenis, y sintió que le habían cortado las alas, pues aquel deporte era el único solaz que se había permitido durante toda su vida.

En la apertura del Riksdag de 1950 el trono real lució vacío, y a las 2.45 de la madrugada del domingo 29 de octubre de 1950, luego de decir a su doctor, con voz muy baja, “Ahora me voy a morir”, Gustavo V expiró en el palacio de Drottningholm, a la edad de 92 años.

El pueblo sueco se vio sumido en el luto personal por la muerte de un ser querido. Socialistas, demócratas, radicales, desde las heladas soledades laponas hasta las brumosas islas de su meridión, lloraron la muerte de un rey que dejaba tras de su, para sus descendientes, una monarquía más fortalecida que nunca. Las campanas tocando a duelo y una multitud silenciosa en el patio del palacio, anunciaron el fin de uno de los reinados más largos de la historia de Suecia y el mundo se dio cuenta de cuánto amaban los suecos al rey Gustavo V.

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