Secretos Cortesanos

Alice Keppel, bisabuela de Camilla y reina (en las sombras) de Inglaterra


Ella se encargó de brindar tranquilidad y compañía al príncipe de Gales, aburrido de esperar la muerte de su madre para hacer algo con su vida.

Pocos vieron la magia de los cuento de hadas en el casamiento de Eduardo de Gales, el príncipe heredero británico e hijo de la reina Victoria, con la princesa Alejandra de Dinamarca, el 18 de marzo de 1863 en el Castillo de Windsor. De todos era sabido que el hijo de la reina Victoria era el más fiel amante de Lillie Langtry, una escultural actriz, y que no la dejaría para amar a la esposa que le había sido impuesta. Alejandra, a pesar de su sordera y cojera, era dulce y bien educada, y comprendía que su única misión era dar herederos al Imperio Británico.

Instalada en Londres, Alejandra fue un ícono de elegancia de su época, una “Lady Di” del siglo XIX. Se tuvo que acostumbrar a los fugaces e intensos amoríos de su esposo, pero desde 1898 tuvo que aprender a compartirlo. Ese año, Eduardo conoció a Alice Keppel, una mujer casada. Era hermosa, culta y muy ingeniosa, y el futuro rey cayó rendido a sus pies. La nueva “querida” se encargó de brindar tranquilidad y compañía al príncipe -aburrido de esperar la muerte de su madre para hacer algo con su vida-. Alice era la única persona que podía calmar angustias y furias del eterno heredero. Lo acompañaba en sus vacaciones en el Mediterráneo, y que también era invitada a las recepciones oficiales y sentada junto a personajes importantes de la vida política para que, por medio de sus encantos, extrajera información confidencial que le fuera útil al príncipe de Gales. “El concepto que Eduardo VII tenía de Alice era demasiado elevado para someterla a la indignidad de la clandestinidad”, escribió el historiador Theo Aronson.

“Todos sabían acerca de la relación entre el rey y la esposa de George Keppel…”, escribía entonces lord Hardinge de Penshurst. “Yo solía ver a la señora Keppel muy seguido en aquella época y sabía que ella tenía conocimiento de lo que estaba sucediendo en el mundo de la política (…) Nunca hizo uso de la información que tenía en su poder para beneficio propio o de sus amigos, y jamás la oí decir palabra ofensiva alguna a nadie. Habría sido difícil encontrar a cualquier otra dama que pudiera cumplir el rol de amiga del rey Eduardo con la misma lealtad y discreción que mostró ella”. Alejandra, con actitud noble y filosófica, aceptó la presencia de Keppel y es probable que, sin decirlo, agradeciera que lo acompañara y calmara. El biógrafo del rey, Gordon Brook-Shepherd, asegura que “Alice Keppel era la reina”.

La reina Victoria murió en 1901, tras 64 larguísimos años, y la “Era Eduardiana” se inició oficialmente en la coronación de Eduardo VII, al siguiente año. A un costado del altar, en un lugar destacado de la Abadía de Westminster, se sentó la fiel Alice. Pero para entonces Eduardo era un hombre de sesenta años cuyos frecuentes ataques de bronquitis se convirtieron en un enfisema pulmonar, la enfermedad que lo llevaría a la tumba. En mayo de 1910 la salud del rey se agravó. Renuente al principio, la reina Alejandra aceptó que Alice Keppel fuera al palacio para que los amantes pudieran despedirse a solas. Casi 60 años más tarde, en un campo de polo, un tataranieto de Eduardo VII, el príncipe Carlos, conoció al amor de su vida, Camilla Parker Bowles, una chica de la aristocracia que se presentó ante él con una pregunta inquietante: “¿Sabías que mi bisabuela, Alice Keppel, fue la amante de tu tatarabuelo, Eduardo VII?